Daniel Medina Flores

— ¡Matador!— escuchó que gritaban— ¡Matador!

Trató de levantarse pero su cuerpo simplemente no respondía, el sueño era enorme, apenas había dormido tres horas desde su llegada. Estaba en esa casa escondida, oscura y fría dentro de los barrios pobres de la ciudad. Sabía perfectamente que le hablaban a él, no había otra persona que tuviera ese apodo, él era el único “Matador” el único Víctor “Matador” Estrada.

— ¡Matador!— escuchó de nuevo— ¡Matador! Levántate che que te estoy hablando, es importante, abríme ya.

Tomo todas las fuerzas que su cuerpo le podía dar en ese instante y en un esfuerzo monumental se puso de pie. Agarró la primera camisa que vio, además de la pistola que previamente cargó. Lentamente fue acercándose a la puerta y, a través de la mirilla, se cercioró de quién era el que tocaba. No podía arriesgarse a abrir sin preocupación pues adelante podría estar algún miembro de la cana que lo estaba siguiendo. Se tranquilizó cuando vio que el hombre era Vicente, su amigo, quien había encontrado esa casa para que pudiera alojarse.

— ¡Matador! abríme che, soy Vicente, apúrate carajo.

Víctor abrió la puerta y Vicente entró de inmediato cerrando él mismo la puerta. Su cara estaba pálida, además el copioso sudor denotaba el cansancio producido por una segura corrida que había realizado para llegar a la casa. Intentó hablar varias veces pero le era imposible, jalaba aire y tuvieron que pasar unos minutos antes de que se recuperara.

—Mataron a Santillán— dijo— la tropa lo alcanzó, lo rodearon y se rindió para que lo llevaran a la prisión el capitán eligió mejor dispararle, lo mataron.

—“El León”, muerto— dijo para sí Víctor y vio como Vicente asentía con la cabeza.

—Muerto. En cuanto supe quise venir contigo para decírtelo— contestó Vicente— se acabó Che, tenemos que irnos de aquí. Van a venir por nosotros, ya sólo faltamos tú y yo, En cualquier momento no la van a dar.

Víctor se sentó en el sillón. A un lado estaba un vaso con agua que él mismo había servido cuando llegó a la casa pero que no bebió porque el sueño le había ganado. Sentía completamente seca la boca, le era imposible producir saliva así que tomó el vaso y bebió todo el líquido para mitigar la sed. Pensó en su casa, en su familia de Barracas, le vino a la mente aquella tarde en la que había salido del hogar para subir a la sierra y convertirse en guerrillero. Recordaba que, mientras caminaba con “El León” Santillán, Jara y Vicente, creía sentir el mismo calor que ese día, los brazos quemándose por el intenso sol. Apenas unos días antes sus hijos habían abandonado el pueblo, todos con la misma ilusión, dejar la pobreza, el olvido, la marginación de Latinia para entrar y aprovechar las grandes oportunidades que daba Babylon, el gran sueño de Babylon.

— ¡Che!— le gritó Vicente sacándolo de las cavilaciones— tenemos que irnos, ya mataron al León y va a venir por nosotros, tomas tus cosas y vámonos.

—Yo no me muevo de aquí— dijo Víctor ante la sorpresa de Vicente— he huido mucho tiempo y ya estoy harto. Que vengan por mí, tengo mi fusil y con ese me defenderé. Aquí los mato o me muero.

—La cana te está buscando, Matador, no vale la pena morir aquí ¿Queres ser un mártir? De esos ya tenemos muchos. No hacen falta más.

Pero Estrada no dijo nada, se paró a tomar más agua, con toda la tranquilidad del mundo terminó el líquido y luego caminó para tomar su fusil al tiempo que contaba las balas que había dentro del arma y las que estaban en su mochila

—<<suficiente para llevarme a tres conmigo>>—. Se dijo a sí mismo.

—Ya vete Vicente— dijo mirando a su amigo— pierdes minutos valiosos o ¿acaso te vas a quedar conmigo a morir, Che?

—Me voy pero tú te vas conmigo Víctor. Aun podemos seguir luchando pero no aquí, vámonos para la casia eres más importante vivo que muerto.

—La causa seguirá viva con o sin mí, nada más date una vuelta por los cien barrios porteños y lo verás— luego de abastecer el arma la cargó y puso el fusil apoyado en el sillón— entonces ¿te vas o te quedas, Che?

Vicente comprendió que por más cosas que dijera no lograría llevar consigo al Matador, pero quería intentarlo una última vez, después de todo el Matador era la última persona de los cuatro hombres con quien se había internado en la sierra para unirse a las guerrillas.

—Che, pensá bien las cosas. Ya cayó “El León” Santillán. Y recordá lo que le ocurrió a Jara ¿te acuerdas? Cuando lo atraparon ni siquiera lo llevaron con los milicos, ahí mismo lo torturaron y le cortaron las manos ¡las manos, che! Imaginá lo que debió ser para Jara perder sus manos. Con sus manos no sólo disparaba el fusil, sino también tocaba la guitarra, recordá Matador, recordá las noches que nos amenizó con esa guitarra y con sus canciones, las canciones más hermosas que yo recuerde en mi vida. Y la cana le cortó las manos, sabían el sufrimiento que le iban a causar, no sólo físico sino también mental. Le cortaron las manos y luego esos milicos lo mataron ¿Querés que te ocurra algo así?

Víctor recordó entonces aquellas canciones que Jara componía mientras estaban en la sierra. Luego, el día en que se enteraron de su muerte tuvieron que bajar antes de que los rodearan a ellos también. Recordaba lo que Santillán le había dicho <<Esto no es una derrota, Matador, recuperaremos fuerzas, que crean que nos tienen en sus manos, que crean que nos la van a dar y entonces regresaremos, velo como una retirada estratégica>> Pero ahora no sólo Jara sino también “El León” Santillán estaban muertos.

Se volvió a sentar en el sillón y observó a Vicente, la desesperación en su mirada y el comportamiento corporal. Víctor apoyó la cabeza en el respaldo del sillón y sin tener prisa respondió:

—Aquí tengo mi fusil, Vicente. Aquí espero mi final. Ya vete antes de que lleguen.

Vicente terminó por convencerse, no podía sacar al Matador de ahí, se despidió de su amigo pero no de la forma habitual en la que se despiden las personas. Esta era una ocasión muy especial, era un adiós total pues no se volverían a ver. El Matador se quedaría ahí y moriría en esa oscura pensión. Vicente salió sin voltear la vista hacia atrás, Víctor puso el seguro a la puerta y una silla para atrancarla, luego se sentó en el sillón y colocó el fusil en sus piernas.

—<<Aquí los mato o me muero>>— se dijo.

Recordó aquel día en que se dejó de ser Victor Estrada para convertirse en “El Matador” ese día en que los cien barrios porteños se enteraron de cómo había asesinado a esos milicos. <<Sin motivo alguno>> dijeron en los medios <<crimen de odio es como se puede entender esto, un loco que no tiene otra cosa que hacer que matar soldados, matar a los hombres que defiende la patria>> decía la versión oficial.

— ¡Pelotudos!—gritó el Matador— hablaron de la muerte de esos milicos pero no dijeron nada de la huelga, de cómo esos hijos de puta habían golpeado a los trabajadores, como habían subido a los camiones a las mujeres y después de golpearlas las habían violado. ¡Eso no lo dicen, hijos de puta! ¿Qué eso nunca pasó? Yo los maté a esos milicos, era simple justicia y por eso me comenzaron a llamar “El Matador”.

Tomó con más fuerza su fusil. Lo apretaba como su fuera el cuello de esos militares que habían golpeado a los huelguistas, que habían violado a las mujeres.

—<<hijo de puta>>.

Volvió a tomar agua y a contar las balas, la luz del día era ahora débil, no sabía exactamente la hora pero era claro que el día se convertía poco a poco en noche. Recordó a Jara, su cuerpo en el suelo y los charcos de sangre rodeándolo, los golpes que tenía, el tiro en la cabeza y las manos cortadas arrojadas a unos metros de ahí. La escena y la furia del León cuando vio el cadáver, sus palabras, sus maldiciones.

Y entonces lo escuchó, el sonido de un auto frenando, los murmullos afuera de la habitación, sabía que los milicos y la cana habían llegado, venían por él y la única orden era darle muerte igual que a Jara o Santillán. Escuchó los pasos por la escalera, el corte de cartucho de los fusiles y pistolas. Y otra vez su memoria se trasladó al día en que su familia se fue a Babylon, a perseguir el sueño de Babylon, la tierra e las oportunidades. Luego, de la nada, recordaba a Jara, su cuerpo en el suelo, sus manos cortadas.

—Resiste Jara— dijo y luego se levantó del sillón. Disparó varias veces y se cubrió detrás del sillón— ¡Vengan por mí, hijos de puta, aquí los mato o me muero!

Disparó nuevamente, quiso ser el primero en arrojar fuego, la puerta se sacudió y en pocos segundos había cedido. Un disparo y en el suelo ya estaba un milico dando su último aliento. Más disparos se sucedían, entro otro hombre y su destino fue similar, una bala en la cabeza acabó con él. Seguían los disparos, las municiones ya escaseaban, llegaba el momento para Víctor. Una detonación más, el hombro comenzó a manar sangre, el dolor era fuerte pero Víctor trataba de mitigarlo.

— ¡Ríndete Matador! Ya te tenemos rodeado le gritaron los hombres de la cana y el ejército.

— ¡La concha de tu madre!— respondió Víctor— ¡Aquí los mato o me muero!

Sintió un gran calor en el pecho, le ardía como si se estuviera quemando y la fuerza comenzó a menguar, veía borroso, apenas distinguía la puerta. Se arrastró como pudo al cuarto donde dormía y se sentó en el suelo apoyándose en la pared. La vista se le difuminaba, creía ver sombras moverse en la entrada. Su mente lo llevó a la fogata de una noche estrellada, la música de Jara amenizaba el momento, ahí sentados estaban sus amigos Vicente y Santillán, su familia también lo veía, unos reían, otros cantaban las canciones de Jara. Víctor sonrió y alcanzó a soltar una sonora carcajada. Cerró los ojos, respiró profundamente y sus oídos poco a pocos se fueron apagando hasta que el silencio dominó todo el cuarto.
Fin