• Importamos el 75 por ciento del arroz y el 30 por ciento del maíz que consumimos.
  • En 2015 pagamos 25 mil millones de dólares a EUA, por la compra de alimentos.
Por Norma Galarza Flores
Dicen, que los chinos escriben la palabra crisis con dos caracteres Wei y Ji, el primero significa peligro, pero el segundo simboliza oportunidad.  Así es como debemos ver el escenario futuro, luego del triunfo de Donald Trump  como presidente de los Estados Unidos.
La llegada del republicano quien presidirá la nación más poderosa del mundo a partir del 20 de enero del año que entra, ha cimbrado el ánimo nacional y ahora más que nunca incómoda la vecindad con el país del que llevamos décadas siendo abiertamente un traspatio.
Hay dos temas que nos preocupan: la expulsión masiva de connacionales de aquel territorio y la promesa de campaña más fuerte del empresario; el replanteamiento del Tratado de Libre Comercio con América del Norte del que México forma parte.
 He leído versiones apocalípticas sobre lo que significaría para nuestra enclenque economía dejar de formar parte de ese acuerdo y las afectaciones que traería consigo el aumento arancelario a los productos que nos compran los estadounidenses.
Pero lo que requiere una política pública de atención urgente por parte de nuestro gobierno y sociedad, y que es aún más preocupante, es el aumento virtual del precio de los productos que les importamos. México tiene más de 20 años formando parte del TLC, y en ese tiempo hemos pasado de la soberanía, a la dependencia alimentaria. Hoy nuestro país ya no produce lo que consume, situación que ha provocado un aumento sistemático en la importación de los bienes que comemos todos los días.
 Por ejemplo, de acuerdo a un artículo publicado por la periodista peruana Vicky Peláez,  en Sputniknews, en 2015,  nuestro país es el principal cliente de Estados Unidos ya que le compra el 75 por ciento del arroz, el 30 por ciento del maíz, y 42 por ciento del trigo que consumimos. Además somos sus principales clientes en la compra de la carne, lácteos, huevos, que producen los americanos.
La importación de alimentos desde que entró en vigor ese acuerdo comercial ha incrementado alarmantemente de mil 800 millones de dólares en 1994 a 25 mil millones de dólares en 2015.  ¿Quiere decir que si a nuestro vecino se le ocurre la idea de vendernos sus productos más caros, nos pondrá en un grave aprieto? No cabe duda.
Pero vamos cambiando nuestra visión, porque en este problema hay una gran oportunidad. Esta premisa pone al nuestro gobierno ante la ocasión de congraciarse con sus representados y ante la premura de realizar políticas que devuelvan al campo mexicano su papel de satisfactor en el mercado interno de alimentos. No solo eso,  también nos plantea como sociedad un cambio en nuestros modelos de consumo.  Es necesario volcarnos a los mercados locales y dejar de ser dependientes de las grandes cadenas comerciales; porque nuestros patrones de consumo merman la capacidad productora local y concentran la riqueza pocas manos.
Como país, debemos replantearnos la relación geográfica con nuestro vecino, y sobretodo ahora con el periodo que se avecina en el que la xenofobia de un personaje nos puso en la mira.  Si bien es cierto que en el sector agrario mexicano el TLC ha significado la expansión de algunos empresarios agrícolas -como los productores de aguacate-, la balanza se inclina en nuestra contra porque las afectaciones han sido mayores, ya que desde hace 20 años el incremento de la pobreza es evidente. Hoy, hay más de 53 millones de mexicanos en la miseria, y es una tendencia que sigue a la alza.
Empecemos a cambiar nuestra mentalidad. Somos más fuertes, que las ansias de un político por fabricar culpables en un sistema económico en descomposición. Optemos por elegir la unión, cambiemos nosotros, que nuestra forma de enfrentarnos a la crisis sea reactivar nuestra dañada economía.  Es cierto, se vienen tiempos difíciles pero eso no quiere decir que nos dejemos dominar por la abulia, al contrario, que esa crisis nos sirva de impulso para no dejar escapar la oportunidad de hacernos más fuertes.  Buen inicio de semana.