Por Norma Galarza

Luego del festivo proceso electoral, las y los candidatos que resultaron ganadores, desde ya, deberán planear la manera en la que le cumplirán a la gente. En ese sentido, a estas  alturas y con la mirada puesta en la Presidencia de la República, en el Senado y en las diputaciones, Juntos haremos historia, coalición que obtuvo una aplastante victoria deberá ir pensando cuáles serán las estrategias de ataque contra los principales problemas de México.

Tres son las dificultades más urgentes de resolver para los mexicanos y que marcaron hito para definir la elección del 2018: la corrupción, la inseguridad y la matriarca de ambas; la impunidad.

Debido a ese hartazgo, el primero de los males que menciono fue determinante para que la alianza Por México al Frente (que era el que tenía más posibilidades) no pudiera contra el huracán de Morena y partidos que lo orbitan.

 La controvertida carrera política de Ricardo Anaya y los señalamientos de lavado de dinero fueron las principales razones por las que el electorado prefirió a Andrés Manuel López Obrador un personaje de honesta reputación.

AMLO supo capitalizar el tema de la corrupción a su favor y  con audacia, cargó  en su  tercera campaña el estandarte del combate de ésta, la que definió en algún momento como el principal problema de México y la raíz de las demás taras sociales.

Con ese discurso extraído  del hartazgo y plasmado en el sentir de la gente, AMLO llega como el candidato más votado de los últimos procesos electorales.  Pero, sin duda el discurso incendiario es un arma de dos filos porque ahora, el virtual Presidente cargará con la presión de la gente, ahora más atenta, para que cumpla  -o al menos lo intente- con las promesas que lo llevaron al triunfo.

El compromiso que AMLO se enjaretó es mayúsculo. En principio porque de acuerdo a la Encuesta de Calidad e Impacto Gubernamental del INEGI,  el 90 por ciento de la población ubica a la corrupción en el número uno de la lista de los problemas que son un obstáculo para el desarrollo del país.

El segundo más importante en la percepción de la gente en esa lista, es la inseguridad, rubro al que los ciudadanos identifican como resultado secundario de la corrupción.

Esos rubros tienen una preponderancia tal, que definieron las dos últimas contiendas electorales. De ahí derivó que por el tema de la inseguridad en 2012 la población votante se volcara a favor de Enrique Peña Nieto anhelando que regresara la paz al país.

Pero como la inseguridad no aminoró y al contrario se le sumó la práctica más descarada de que se tenga memoria de corrupción, el PRI vio este 2018, la antesala de su tumba política.

El castigo fue ejemplar. México demostró que cuando se quiere cambiar algo no hay dádiva que lo evite. Con ese antecedente, el gobierno de Andrés Manuel deberá tener muy presentes los rubros que serán la columna vertebral de su agenda.

Morena y aliados desde las Cámaras, deberán iniciar una cruzada sin precedentes que podría abarcar desde modificar el marco legal para imponer penas más severas, para acabar con la impunidad, la luz verde a la proliferación de la corrupción y también la principal impulsora de la delincuencia ante la ausencia de castigos. Sobre esos vértices tendrá  que centrar su plan de Gobierno, además de garantizar que se cumplan.

 Hay grandes esperanzas puestas en el tabasqueño y su equipo, hay optimismo que harán las cosas diferentes, se esperan cambios que provoquen que la maquinaria oxidada de la Función Pública empiece a funcionar de forma eficiente. Si no lo hacen, y deciden no cumplir las promesas, lo más seguro es que la población se los cobre en el siguiente proceso electoral. Feliz mitad de semana.