Por Norma Galarza

¿Se acuerda cuando Enrique Peña Nieto al lado de Rosario Robles presentaron ante la sociedad el programa que sería la panacea para acabar con el hambre en México; cuyo nombre alumbrado en la mercadotecnia, le daba el mote de “cruzada”? A casi 6 años de su implementación es evidente su fracaso porque no solo no acabó con el hambre sino que la aumentó exponencialmente. Pero sin duda, ese último era el objetivo de este programa para conservar el clientelismo electoral.

Hoy México se encuentra en un nivel histórico en desigualdad, y no lo digo yo, así lo señala  el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL) en el documento titulado  Consideraciones para el proceso presupuestario 2018.

En dicho estudio, el organismo afirma además, que los presupuestos que se formulan tanto en el Ejecutivo como en el Poder Legislativo tienen objetivos políticos, no sociales. Es decir,  no hay una estrategia real en contra de la pobreza y la desigualdad, sino una motivación perversa en la búsqueda de permanencia en el poder.

El objetivo principal de la clase política es la búsqueda de beneficios personales y de grupo, no sociales, eso es evidente. Sin embargo cuando se hunde el barco de un país en la miseria, trae consigo consecuencias como el incremento de la delincuencia que a la larga afecta a todos. El círculo vicioso clientelar entre la clase política y los pobres, se hace más evidente en tiempos de campañas políticas.

 A pocos meses de que empiecen las campañas electorales en los que se disputarán 3 mil 326 cargos entre ellos el de Presidente de la República, no es casualidad la aparición convenenciera de políticos que gracias al voto popular ganaron un puesto público, posando en la entrega de despensas y demás dádivas, en aras de ganar simpatías para el siguiente.

 Ellos están convencidos de que es a través de ese método como se accede al poder porque la gente se descuida en vigilar su desempeño en los puestos públicos. Al acceder al poder por medio de la dádiva , no por medio del trabajo y el compromiso real, exime a la clase política de realizar funciones orientadas a generar proyectos a largo plazo de impacto social.

En septiembre empieza el desfile de los aspirantes a alguno de los puestos en disputa, si seguimos bajo la misma dinámica que ha convertido el quehacer de gobernar en el mecanismo a través del cual individuos aseguran la riqueza no solo de ellos, sino de sus hijos, seguirá cavándose la tumba de éste, un país rico habitado por gente pobre.