Pedro Valtierra 40 años de fotógrafo.

Por: Miguel Ángel Reyes/La Cueva del Lobo.

 

Para Pedro Valtierra Ruvalcaba, el mayor hijo prodigioso de la fotografía zacatecana, no hay placer más enorgullecedor que voltear los ojos a la tierra de origen, donde a pesar de haber recorrido el mundo a través de la lente y más allá de haber obtenido grandes satisfacciones y reconocimientos durante más de 37 años por su labor comprometida con visualizar y compartirlo todo mediante la fotografía, hay dos sentimientos que le apasionan infinitamente: la Tinta y el Olor a tierra mojada, como un sentido de pertenencia eterna.

Volver ahí, dice, es volver a embriagarse de la nostalgia de la niñez, de postrarse ante el mundo para asimilarse como ser humano, de adaptarse a este globo de tierra suspendido en la nada para comprenderse a sí mismo: “cuando cuidaba cabras en mi tierra, me recostaba en el suelo del monte; me cruzaba de brazos y pies y veía cómo, un cielo azul impactante me cobijaba pleno, a pleno sol abrazador… y eso era fantástico”, recuerda. Cuando volvía en sí, ya se le habían ido las cabras…

Durante su niñez, Pedro, originario de Abrego, Fresnillo, comenzó a vender periódicos antes de emigrar al Distrito Federal, y otra de sus pasiones que lo dejó atónito, fue embelesarse de la tinta del papel periódico que quedaba impregnada en sus manos, visión que más tarde comprobaría y lo comprometería con uno de los oficios más benévolos: La fotografía.

A los 14 años (en 1969) la necesidad lo hizo desplazarse, a voluntad propia. Sale de Fresnillo con su familia, compuesta por once hermanos.

Encontró pronto trabajo como bolero en la Presidencia de la República. Iba y venía del laboratorio de fotografía. Cuando vio el Cuarto oscuro y el modo de hacer imágenes, se quedó aún más impactado.

Años después, ya era auxiliar del laboratorio y luego fotógrafo, hasta que en 1973 se convertiría en reportero gráfico de El Sol de México. Todo ello durante el mandato de de Luis Echeverría Álvarez.

Entonces, recuerda, era el rompe aguas con Álvarez Bravo y Cazasola, entre otros.

El 14 de noviembre de 1977, ya instalado en el Unomásuno, cubre, como “su bautizo de fuego” –califica así el investigador del Instituto Mora y especialista en historia de la fotografía, Alberto del Castillo Troncoso- el movimiento armado sandinista en Nicaragua, que culminó con la caída del dictador Anastasio Somoza.

Su afán y ambición, cual joven inquieto de 21 años, lo hizo no pensarlo dos veces. Ahí, en Nicaragua, encontró su estilo y su sello personal a una novedosa forma de imprimir la fotografía. El inesperado campo de acción, en Sudamérica, pronto atrapó a los lectores en México a través del Unomásuno, que se convirtió en la primera agencia en América Latina.

Dicho acontecimiento le permitió brincar a la cobertura de El Salvador y Guatemala, con similares circunstancias de guerrilla; y el Sahara con el éxodo de miles de refugiados en África.

Los primeros dos acontecimientos le merecieron en 1983 el Premio Nacional de Periodismo.

Un año después, fundó con otros periodistas y escritores La Jornada, y con su nueva visión sobre la fotografía, “se marcó –menciona Alberto del Castillo- un hito en la historia del fotoperiodismo contemporáneo de América Latina, al solicitar para las imágenes el 40 por ciento de espacio en el diario, obtener un equilibrio entre los sueldos de los reporteros y los fotógrafos, reivindicar para éstos últimos los derechos de autoría de las imágenes y conquistar una presencia en las cotidianas juntas editoriales”, aunque esto último con el tiempo, se perdió.

Valtierra ha sido formador de nuevas y generosas generaciones de fotoperiodistas. Su escuela, desde distintas trincheras, sigue en pie. Su capacidad creativa no se agota; por el contrario, se esparce incólume a los vicios estéticos de otras escuelas anquilosadas y sujetas al dominio oficial y reprimente.

Prueba de ello, la Agencia Cuartoscuro fundada en 1986 y misma que a la fecha dirige, en tanto que en 1993 crea la revista con el mismo nombre.

Su sensibilidad abarca desde lo humano hasta lo profesional. No hay -al menos en Zacatecas- parangón para que una persona salida del medio rural, de esa estirpe de hombres forjadores y ambiciosos a lograr lo que se proponen, haya logrado conquistar al mundo con su siempre lente colgada bajo el hombro y, haya creado y crecido y compartido miles de imágenes que a 37 años, pareciera las seguimos viviendo día con día, y disfrutándolas, como si fuera ayer.

Y esa sensibilidad se absorbe también con la fundación de la Fototeca de Zacatecas, que lleva su nombre, inaugurada y puesta en marcha en abril de 2006.

Sus imágenes han recorrido el país entero y el extranjero en países como Canadá, Cuba, España, Francia, Italia, Alemania, Bélgica, Venezuela, Ecuador, Guatemala y Costa Rica.

En 1993 Cuartoscuro editó su libro Nicaragua, una noche afuera, con un texto de Jaime Avilés. En 1999 publicó el libro Zacatecas, editado por la Universidad Autónoma de Zacatecas, Colegio de Bachilleres, el gobierno del estado de Zacatecas y Cuartoscuro.  Zacatecas fue reeditado  en 2004 por el Patronato de los 450 años de la Feria de Fresnillo, el Instituto de Cultura de Zacatecas y Cuartoscuro.

En 1986 recibió la Medalla de Plata en Moscú que otorga la Organización Internacional de Periodistas. En 1994 obtuvo el segundo lugar en el concurso México en la Encrucijada, celebrado en Munich, Alemania.

Y uno más de sus logros, que llegó a la cúspide de su carrera como fotógrafo profesional, lo alcanzó con el premio Rey de España en 1999. Una imagen que no requiere de palabras cuando las mujeres del municipio de X’Oyep, Chenalhó, Chiapas, impiden a los soldados entrar y exigen se retiren del campamento de desplazados. Una imagen dura que pronto le daría la vuelta al mundo.

La Mirada, el Testimonio de 37 años, de viaje por el país

Uno de sus últimos logros como exponente: “Pedro Valtierra: Mirada y Testimonio” el año pasado en el Centro Cultural Universitario Tlatelolco. Una completa retrospectiva de 400 imágenes que refleja la sensibilidad, el quehacer y el compromiso fotográfico, donde recupera la lógica de trabajo del autor, el diálogo con algunos fotógrafos, periodistas y editores de distintos medios y la construcción de algunas imágenes emblemáticas para América Latina.

Dicha muestra, que se suma a las más de 300 individuales a lo largo de todos estos años -que en estos tiempos debe andar por Tabasco y luego por Torreón, Coahuila- cuenta con monitores en donde se aprecian fragmentos de entrevistas al fotógrafo, así como la opinión de algunos escritores e intelectuales sobre su trabajo creativo de casi cuatro décadas.

En los últimos días, sus reconocimientos aumentaron. Le suma uno  más a su cuenta de más de veinte –que son pocos- con el otorgado la semana pasada por el H. Ayuntamiento de Guadalupe, Zacatecas, presidido por Rafael Flores Mendoza.

Apenas el pasado 16 de febrero en una librería del centro de la ciudad capital fue presentado el catálogo de la mirada y el testimonio, que por primera vez se edita para respaldar en un solo documento un trabajo inacabado sobre la vida, la obra y el trabajo foto periodístico de Valtierra Ruvalcaba.

Nopalitos y frijoles refritos, en El Mesonero

A la cita para la entrevista acude ése Valtierra de ojos brillantes, quizá cansados, pero poco delatados por sus lentes. Su chaleco –inseparable- guarda la compostura en su cuerpo de 57 años, que no se rinde. Nos entrega, como obsequio, una dotación de la revista Cuartoscuro de los últimos meses y se sienta en la mesa del restaurante del hotel Mesón de Jobito, con la música de piano de fondo, de una mañana de sábado relajada, idónea para charlar.

Pide, de la carta, omelet  relleno de nopalitos, frijoles refritos, salsa, tortillas de maíz… y agua de la llave; “la de botella está más contaminada según estudios recientes”, advierte.

Y entre la charla formal y la broma repentina –que le permite dar una probada de su desayuno de vez en vez- Valtierra se destapa ante la inquieta pregunta de cuál es la mayor nostalgia a más de 37 años de trayectoria. Respira melancólicamente y sus ojos brillan cómo faro de tren nocturno: “Más allá del trabajo creativo no siento tanta nostalgia como la época de mi niñez, porque profesionalmente pues he hecho de todo y no me arrepiento; todo lo he disfrutado como persona y como trabajador de la lente”, aduce.

Amante eterno del blues, pero también de la música norteña a más no poder, Pedro Valtierra sigue siendo el mismo desde que se fue, desde que nunca se fue y sigue transitando por este camino del reconocimiento y la labor foto periodística desacuartelada.

Y tras pedirle al mesero no se lleve sus frijoles, lanza otra anécdota: “en aquella ocasión cuando cuidaba chivas, por impregnarme del maravilloso techo que era el cielo azul, llegó el coyote, casi al caer el crepúsculo, y se me desaparecieron cinco cabras; luego me reivindiqué para mí mismo, cuando lleno de orgullo herré a mi primer burro”, comenta, entre discretas risas y nostalgia, esa nostalgia de pertenecer al origen que recrea y que se nota, siente gran emoción por lo vivido cada y que lo comparte.

Sus hijos, tres mujeres y un hombre, todos de mayoría de edad, ya están dispersos por el mundo; tienen la independencia suficiente como para abrirse campo por sí solos, y se reparten entre México, Bruselas y La India. “Son estudiantes y trabajadores exitosos”, afirma con  singular satisfacción.

El Fresnillo de hoy, que duele

Pedro Valtierra lamenta, en otra parte de la charla, lo que sufre Fresnillo –como casi todas partes- por cuestiones de la inseguridad y el desplazamiento de miles de sus paisanos por causa de las condiciones de vida pero, sobre todo, por la inseguridad.

“En mi pueblo –dice- sólo quedan dos habitantes y desearía que la situación fuera otra”.

Asume que la generalizada violencia y la condición social actual hablan del olvido político, pero también “del olvido de nosotros mismos hacia nuestro entorno; aunque la violencia no es sólo culpa de quien la ejerce, sino de las políticas equivocadas para contrarrestarla”, reitera.

Advierte que una de las armas fuertes para neutralizar la actual situación, es, sin lugar a dudas, la Educación; y aunque Felipe Calderón herró sus políticas, hoy con Enrique Peña Nieto, tenemos la obligación de exigirle que fortaleza al Estado y la nación con políticas públicas que permitan a la educación salvar de la delincuencia a muchos jóvenes. “Ese es el camino para no seguir cayendo como sociedad al hartazgo político”, argumenta.

Pide, en concreto, no hacer de México dos países, por la visión limitada de país que se tiene tanto por los políticos como por la sociedad; crear un concepto mejor de nuestro estado, de nuestro país y luchar para que la atención a todos los grupos sociales se de sin pretextos para avanzar.

“La Cultura está en los pueblos, no en las grandes ciudades”

Pedro Valtierra casi termina su desayuno. Es mediodía. “Hay cosas por hacer: recuperar catálogos de fotos antiguas, obtener donaciones de imágenes para la Fototeca, en Fresnillo; seguir encausando a los jóvenes a este maravilloso trabajo de la fotografía, celebrar los 27 años de la Agencia Cuartoscuro y 20 de la revista; seguir fortaleciendo el centro de documentación de la Fototeca con El Jimmy (Robledo); robustecer los talleres de la misma con Sergio (Mayorga) y El Charly (Segura) y celebrar los siete años de este inagotable trabajo en dicho recinto.

Pedro Valtierra sigue caminando ese destino que se trazó hace más de 40 años, recorriendo más que las grandes galerías del país y del extranjero, los pueblos, que es de donde brota la principal esencia de la cultura, con una visión vanguardista, no solemne, sí comprometida, de continuar largamente esta pasión elegida por su instinto de sensibilidad social, del querer compartir, de salvaguardar un concepto estético que no tiene medianías.

Es Pedro Valtierra. Su nombre denota de por sí identidad y obligación. Es ése quien siempre vuelve, quien nunca se ha ido…