Texto y fotografías: Lorena Rodríguez Santoyo

 

 Niñas que cargan niñas

En diciembre de 2015, de pronto se volvió habitual observar en las calles de la comunidad Santa Mónica a mujeres de entre doce y diecisiete años, que cargaban en brazos, como si fuese bebé, una figura de resina de tamaño natural, que representaba a la Niña Virgen María. Así me lo contó Yazmín, estudiante oriunda de esa localidad que pertenece a Guadalupe, Zacatecas.

Tal y como ella hizo en su momento, otras jóvenes vistieron, cuidaron, pasearon e incluso alimentaron a sus Niñas Infantas, para ganar indulgencias u obtener un milagro; aunque extrañamente, a muchas de ellas les concedió el ‘prodigio’ de quedar embarazadas.

El relato me llevó a investigar más acerca de la Niña Infanta, práctica que no es nueva ni exclusiva de México.

La veneración de la imagen de la Niña Virgen María data de hace varios siglos; en Italia, por ejemplo, se le conoce como María Bambina. Sin embargo, el culto como tal, en nuestro país comenzó a mediados del siglo XIX, por iniciativa de Sor Magdalena de San José, religiosa perteneciente a la Orden Concepcionista, del entonces convento de San José de Gracia, ubicado en el centro de la Ciudad de México.

Es probable que el arraigo del culto a la Niña Infanta en varios municipios del sur de Zacatecas como Guadalupe, Trancoso, Luis Moya, Genaro Codina y Ojocaliente, entre otros, obedezca al paso de los misioneros franciscanos, provenientes del Colegio de Propaganda Fide de Nuestra Señora de Guadalupe, quienes consagraban las villas al patrocinio mariano.

Si bien es cierto que se trata de un culto reconocido por la Iglesia Católica —en Puebla hay un templo consagrado a la imagen de la Divina Infanta— también es un hecho que prevalece una devoción (hasta cierto punto exacerbada) paralela al culto permitido, a tal grado que el sacerdote de la región, según me contaría después Yazmín, prohibió a las mujeres continuar con esta práctica por considerarla contraria al dogma de la religión católica.

Y es que la devoción alterna hacia la Niña Infanta consiste en tratarla como si fuera, precisamente, un bebé real. Además de perdonar los pecados también se le atribuyen poderes curativos y de fertilidad.

Por eso hay mujeres (a quienes llamaremos Madres Cuidadoras) cuya rutina diaria ya es un motivo de vida, pues consiste en cuidarla, vestirla, alimentarla, asearla, pasearla, hablar, jugar y dormir con ella; festejar su cumpleaños, darle obsequios y llamarla por el nombre que le ponen al bautizarla.

En esta devoción participan niñas, jóvenes y adultas quienes piden favores especiales a cambio de cuidarla. Cabe señalar que la petición concedida se agradece con suntuosos vestidos y accesorios, encargados exclusivamente para ataviar a la milagrosa Niña Infanta.

Devoción de las mujeres que se quedan

De acuerdo con el último censo de población del INEGI, 4.6 por ciento de los mexicanos declaró no tener religión y, de acuerdo con el mismo estudio, la cifra de población católica, pasó del 88 por ciento, en el año 2000, al 82.9 en 2010. Asimismo, datos de la Encuesta Nacional sobre la Discriminación en México (Enadis – 2010), específicamente respecto a los Resultados sobre Diversidad Religiosa, señalan que el 35 por ciento de la población considera que la religión provoca divisiones en la sociedad y 70 por ciento cree positivo que la sociedad esté compuesta por diferentes religiones.

El dato interesante es que entre las y los adolescentes de 12 a 17 años, la aceptación de la diversidad religiosa se eleva a un 75 por ciento. Lo cual habla de la proliferación de jóvenes que optan por depositar su fe en cultos alternos —como a la Niña Infanta y el Niño Jesús— o de otros abiertamente rechazados por la Iglesia Católica, como es el caso de la Santa Muerte o Malverde.

Por eso, no resulta extraño que el culto y la devoción a la Niña Infanta hayan tenido tal arraigo en las comunidades de los municipios del sur de Zacatecas, estado donde, según el INEGI, cerca del 52 por ciento de su población son mujeres. Asimismo, la entidad ocupa uno de los primeros lugares a nivel nacional de migrantes que viajan a Estados Unidos en busca de mejores oportunidades laborales; hombres, sobre todo.

A esto se debe que desde hace décadas, hayan proliferado las comunidades y pueblos habitados por niños, mujeres y adultos mayores. Así que son ellas quienes asumen el rol de jefas de familia y se encargan de sacar adelante a las hijas e hijos, de lidiar con la ausencia física y simbólica de los hombres y de hacer frente a una sociedad abiertamente machista. Para eso, echan mano de todos los recursos que tienen a su alcance, incluso una Niña Infanta.

 

Cuando los hijos se van

Esther es una de muchas Madres Cuidadoras. Nació en Santa Mónica. Tiene cuarenta y siete años, y hace tres que la Niña Infanta “la eligió para quedarse”, como ella misma dice. “Durante el tiempo que ha estado bajo mi cuidado, mi vida cambió. Ahora me siento bendecida cada día y ya nunca sola: se convirtió en mi compañera”.

Además de la devoción, las Madres Cuidadoras tienen otra característica en común, esto es, que por lo menos uno hijo emigró a los Estados Unidos. Son madres que enfrentan tanto la soledad como la ausencia de las figuras masculinas; de hecho, los varones suelen participar poco en lo relacionado con la devoción a la Niña Infanta.

Las Madres Cuidadoras se descubren en casas vacías mucho antes de alcanzar la tercera edad. Son mujeres que encuentran en la Niña Infanta un motivo para volver a sentirse, acompañadas, útiles y necesitadas por alguien. En La Infantita (como también suelen llamarla) depositan todo el cariño y atenciones que guardaron cuando los hijos se fueron.

También hay casos como el de Fátima, una Madre Cuidadora joven, quien a sus veintiún años ya ha tenido durante dos su Niña Infanta. “No me gusta dejarla sola, porque en su carita se ve que se pone triste, hay noches en que la hemos escuchado llorar”, me cuenta.

Manifestaciones como estas suelen tener una explicación divina; sin embargo ante los ojos escépticos bien podría tratarse de rasguños o vestigios del paso de los años en las figuras de las Niñas Infantas.
Al encontrar la Madre Cuidadora adecuada, La Infantita es recibida con júbilo. “Cuando llegó a mí, no pasó ni una semana cuando ya la estábamos bautizando”, relata Esther y agrega que invitaron a los vecinos para hacerlos partícipes de su bendición. Y es que así como la de Esther, todas las Niñas Infantas parece que obran milagros en cuanto llegan y pueden ser de tipo laboral, para curar enfermedades o reunir familias.

Además, el cuidado de La Infantita es una encomienda generacional de madres a hijas, pues desde pequeñas comienzan el adiestramiento para más tarde: cuidar a sus propios bebés, quienes al crecer quizá también busquen futuro en el Norte y se conviertan, irremediablemente, en ausencias.

Pueblos de mujeres olvidadas

Hay otros milagros que estas comunidades no cuentan y son aquellos que tienen que ver con los lazos de empatía y solidaridad que la figura de la Niña Infanta establece entre las familiares y vecinas. La devoción se convierte en factor de convivencia y complicidad entre las jefas de familia, ya que las figuras masculinas no simbolizan protección o apoyo, pues se trata de comunidades castigadas durante años por la pobreza, el rezago educativo, la marginación y, recientemente, por la inseguridad. De acuerdo con cifras del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), Trancoso registra un 78 por ciento de población en situación de pobreza.

De ahí que crecer siendo mujer en una comunidad en muchos casos podría parecer una sentencia ya dictada, una sentencia a medir la adolescencia en cuenta regresiva para ser madre, para el matrimonio. Formar una familia no parece el fin, sino el medio para obtener la aceptación de la comunidad, el “por siempre juntos” deja de ser promesa y se vuelve frase dominguera, las mujeres antes de llegar a la edad adulta, como es el caso de las Madres Cuidadoras de las Niñas Infantas se ven a sí mismas como solteras, viudas o ‘dejadas’.

Los rituales católicos no ofrecen a las mujeres una alternativa para paliar lo que enfrentan cada día en ambientes hostiles donde predomina el machismo. De acuerdo con la Enadis, gran porcentaje de la población opta por cultos o devociones a modo debido a la intolerancia de los representantes de la Iglesia Católica, religión que predomina en Zacatecas.

La devoción a la Niña Infanta se presenta como solución moral y al mismo tiempo como engrane que propicia un movimiento donde las mujeres forman alianzas filiales entre vecinas de la comunidad.
Convertirse en madrina de una Niña Infanta significa firmar un pacto invisible, pero no débil. Ser ‘comadres’ implica un “estaré ahí”, jurado ante los ojos de La Infantita, como que atestigua la promesa colectiva de cuidarla.

 Niña Infanta, Niña Mía

Las niñas, jóvenes y mujeres adultas se ven entre sí como hermanas y hacen alusión a la sororidad (del francés soeur, que significa hermana) toman en sus brazos a la Niña Infanta como si se tomaran entre ellas para autoprocurarse la atención y protección que requieren.
Esto sirve para crear nuevas alianzas femeninas o reforzar viejas enemistades. “Esa gente no tiene verdadera devoción”, lo explica Ana María, Madre Cuidadora de Trancoso, al referirse a vecinos de otras comunidades que han llegado a pedirle su Niña prestada para cumplir alguna petición.

“No, no se la presto a cualquiera. Han venido a pedirme a mi Chiquita; pero ella es mi compañía y sólo se la suelto a quien de verdad la necesita”, agrega. Después de tenerla a su lado durante dieciséis años, Ana María dice que no podría acostumbrarse a dormir sin ella y, al ser pionera en el culto, se ha ganado la autoridad para decidir quién es digno de recibir los favores divinos.

Cuidar de una Niña Infanta es una encomienda que muchas mujeres zacatecanas de distintas edades han decidido tomar como símbolo de su entrega y compromiso. La devoción cimentada en alianzas y la búsqueda de autosuficiencia entre mujeres está más cerca de la realidad social que de las creencias religiosas, porque propone un nuevo orden jerárquico cuya base es el empoderamiento femenino en estas comunidades.

La figura masculina se observa velada y con poca presencia entre estos círculos de mujeres. Ellas han descubierto en la devoción a la Niña Infanta un reflejo de sí mismas, quizá por la inocencia que simboliza o por el poder que reviste; el poder para sanar, para redimirse o el poder para continuar con la vida.