Desde el 2009, como resultado de la guerra contra el narco que se sumó a la crisis financiera originada en 2008 que contrajo el empleo en Estados Unidos, la migración ilegal, que fue la forma de vida por generaciones de los habitantes de la comunidad zacatecana Francisco Villa, “El Caballete”, pareció detenerse.  “Irse al norte” indocumentado, como una forma de mejorar su nivel de vida, no es una opción viable -por ahora- para migrantes como el joven José y la pareja que conforman Celia y Manuel quienes a raíz de experiencias traumáticas se anclaron en su localidad de origen y empezaron una nueva lucha; la lucha por la subsistencia de este lado de la frontera, aunque siempre con la aspiración latente de volver a emprender el viaje.

Por Norma Galarza Flores

1 El viajero que tiró el ancla.

La calle principal de “El Caballete” luce desierta. El ruido de un motor que carga atrás una estela de polvo, me saca de mis cavilaciones. Encuentro casualmente a quien estaba buscando.

José durante la entrevista. Foto: Norma Galarza

Me pidió que lo llamara José, porque un ser curtido en el éxodo, no se podía conformar con un solo nombre.  Cuando nos reencontramos en su casa,  todavía  carga media caguama y tararea una vieja canción de Industria del Amor que retumbaba minutos antes en el viejo coche rojo: “Y tú con él muy tranquila acostada en tu cuarto comiendo pastel”…

Empuja un trago largo de  cerveza mientras me hace la seña de que me siente.  José no tiene 30 años, pero se nota que el camino andado no ha sido fácil. Pese a que hablar del tema que me trajo a su casa le produce incomodidad, su rostro moreno dibuja una sonrisa que delata vestigios de la infancia.  Hace casi dos años que es vecino de esta comunidad  y aunque el regreso era latente por su condición migratoria, nunca estuvo en sus planes, me dice resignado.

Enclavado en las faldas del cerro “Los Pelones”, que hace frontera entre Zacatecas y Aguascalientes cuya cordillera forma parte de la Sierra Madre Occidental, “El Caballete”, es una de las mil 615  comunidades que conforman el rompecabezas del mapa del estado de Zacatecas.  Francisco Villa, es el héroe de la patria que bautiza oficialmente a esta comunidad, sin embargo su apodo lo obtuvo porque su geografía emula al artefacto sobre el que pintan sus cuadros los artistas. Ese solitario panorama es el cuadro rutinario de José desde que lo deportaron en 2015. Ignora que es uno de los 233 mil 827 mexicanos que corrieron con la misma suerte en ese año fatídico de acuerdo a los datos de la Oficina de Aduanas y Control Fronterizo (ICE por sus siglas en inglés).

Un viaje a los lares del infierno

Antes del retorno que hoy lo tiene varado en “El Caballete”, José solía migrar hasta 2 veces por año. El dinero que ganaba trabajando en la construcción, en las “yardas”, en lo que saliera como él dice, lo venía a gastar a su tierra.

La historia cambió en 2010.  A este indomable Gulliver chichimeco, a quien la migra agarro 300 veces, “digamos”, conocer el frío de la proximidad con muerte le bastó para tirar el ancla de su Adventure y buscar estabilidad. La encontró con Bianca una joven norteamericana de padres mexicanos, quien le prometió que le arreglaría papeles.

José se pone cómodo asegurando su provisión de cervezas. Luego con sus ojos rasgados me ve retadoramente y me pregunta ¿Dizque quieres que te cuente mi historia?  Asiento con la cabeza mientras me acomodo frente a la rudimentaria  chimenea improvisada a medio patio.

Una de las calles de la comunidad “El Caballete”

Mientras su tía asa cacahuates frescos, relata que migró por primera vez cuando tenía 14 años;  un año menos que el promedio, ya que según datos de la Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica (ENADID) del INEGI, en 2014, la mitad (47.7%) de los migrantes salieron de México cuando tenían entre 15 y 29 años de edad.

El último viaje en 2010 lo emprendieron varios amigos avecindados en la misma comunidad. Laredo, escenificó el primer intento de burlar la patrulla fronteriza, no hubo éxito. Luego Reynosa. Tres intentos terminaron por desmotivar a sus acompañantes quienes decidieron claudicar.  José no era de los que se “rajaban” por eso decidió volver a tentar a la suerte.

Decidido a jugársela, agarró rumbo para Agua Prieta, llegó ahí, él solito y sin coyote como dice la popular canción, presa fácil en un territorio dominado por buitres. Las aves de rapiña no tardaron en revolotearle en la cabeza.

En tanto platicaba con un migrante michoacano ambos sentados en una banqueta desde donde veían con tristeza a pocos metros los barrotes del muro que les cortaba el horizonte, llegaron  2 personas ofreciéndoles facilidades para pasar, pero habría que seguirlos, ellos no dudaron pese a haber escuchado historias de migrantes que habían desaparecido, como me cuenta.

José asume que sus coyotes improvisados eran zetas.  Luego relata cómo los hacinaron un hotel con más migrantes, gracias a eso –cuenta mientras sonríe-, el frío de marzo no hizo de las suyas.

“Lolitos” de encino árbol común en el cerro “Los pelones”. Foto: Leno Ávyla

Esa misma tarde los tipos simplemente exigieron un pago por anticipado.  3 mil pesos o hasta 200, lo que los migrantes cargaban encima, cambió de dueño. Fija los ojos en un punto sin retorno y relata cómo el michoacano, se negó a soltarles el dinero. No hubo una reacción violenta al momento, pero pasada la media noche entraron por él varios sujetos cubiertos del rostro y armados. Ya no lo volvió a ver.

Reflexiona a la distancia y por lo que me dice,  sabe que los 300 pesos que soltó sin respingar,  lo dejaron de este lado, pero también en la línea divisoria entre la vida y la muerte.

Tampoco sospechaba en aquel tiempo que meses después de su aventura, a mil 803 kilómetros, en San Fernando, Tamaulipas, el mismo grupo delincuencial que asume fue su anfitrión en Agua Prieta, asesinaría a 75 migrantes por no dar  dinero, de acuerdo a lo relatado en medios nacionales por el único sobreviviente.

Pero José sigue su relato y me cuenta que cuando el ánimo empezaba a hacer mella en su espíritu y a punto de regresarse a Zacatecas, sin dinero, y con los anhelos rotos, su hermano lo animó a intentarlo una última vez, la quinta. Para un chico de 22 años cuyas oportunidades de progreso se reducían a sobrevivir empleado en el campo donde no hay trabajo seguro, lo poco atractivo de la alternativa lo hizo continuar.

Tijuana fue más generosa y un 3 de abril logró cruzar la frontera y días después instalarse en el Estado de Illinois, dónde al poco tiempo consiguió trabajo.   En ese momento tomó –como me cuenta- la decisión de no volver a México, pero la vereda del destino suele ser zigzagueante.

Una promesa rota; no volver a “El Caballete”

José destapa la tercera caguama y aunque ya agotó la historia que lo cruzó a tierras anglosajonas, quiere contarme otra historia, la que lo regresó a su tierra el lugar al que se había prometido no volver.

Me cuenta con una voz entrecortada cómo estaba a punto de cumplir 5 años en Estados Unidos y que el haber formalizado su relación con Bianca, la joven norteamericana, fue la causa de que lo deportaran.

Se calla por unos minutos mientras hace una mueca de furia, y afirma que si no se hubiera casado todavía andaría allá -clava la mirada en el piso como quien entiende que él hubiera, habita el reino de lo imposible-. Luego de una pausa efímera, continúa diciendo que esa fue la causa por la que la policía lo interceptó y lo deportó.

José no lo sabe pero forma parte de los más de un millón y medio de mexicanos que fueron deportados por autoridades de aquel país, de 2010 al 2016, de acuerdo a las síntesis anuales de las estadísticas migratorias de la Unidad de Política Migratoria de la Secretaría de Gobernación.

Mientras se rasca la cabeza, me platica con la mirada ausente que el regreso a “El Caballete”, fue amargo; sólo, sin dinero y sin trabajo, para él no fue buen augurio. Y el tiempo y la distancia hicieron su trabajo. Luego de que su esposa no quiso seguirlo, al poco tiempo tramitaron el divorcio.

La vida de este lado del muro, una lucha por subsistir

Vista panorámica de la presa de “El Chique” desde el cerro “Los Pelones”. Foto: Leno Abyla

José, como la mayoría de los habitantes de Francisco Villa, tiene la migración en sus genes. A pesar de que la región donde se asienta esta comunidad es una de las más fértiles del estado de Zacatecas debido a que cuenta con dos importantes obras de infraestructura hidráulica en las presas El Chique y Julián Adame, que abarcan una superficie de 7 mil 500 hectáreas de riego, la mayoría de sus habitantes no se dedican al sector agrícola con fines productivos.

Ahí, al campo lo usan para subsistir y producir en escala de autoconsumo, principalmente maíz, el cual también es usado para forraje. La ganadería es su segunda actividad más importante también encaminada al consumo familiar.

La actividad productiva que genera empleos está monopolizada en la cosecha temporal de tomate verde y jitomate durante los meses de noviembre a marzo. Pero la característica de temporalidad de la producción de hortalizas, no contribuye a que sea una actividad que motive a los migrantes a quedarse.

Además,  como señala él,  no es lo mismo ganar 150 pesos al día, (el pago aproximad

Milpas en una de las parcelas que circundan la comunidad. Foto: Norma Galarza

o por jornada laboral en la región, en la pizca de tomate, jitomate, guayaba), que 10 dólares por hora, (el salario mínimo en el Estado de Illinois); en México, eso representa un salario de subsistencia por lo que la actividad productiva agrícola no ha sido por generaciones, el aliciente capaz de retener a los hombres y mujeres de esa localidad.

Para José  la salida educativa nunca fue opción. Él pertenece al 10. 2 por ciento de mexicanos de 25 a 29 años de acuerdo a la Encuesta Intercensal 2015 del INEGI, que a duras penas se graduaron de la Primaria, lo que le resta alternativas laborales. Pese a que en su interior no ha cegado la idea de irse a Estados Unidos, José sabe que por lo menos en los siguientes años no podrá regresar, al menos no bajo la modalidad de contrato laboral, porque como me dice con un anglicismo tiene mal record, porque fue deportado.  No pierde la fe de que de este lado de la frontera las cosas mejoren.

Observo en José esa alquimia peligrosa que resulta de mezclar exceso de juventud, ociosidad y falta de dinero, él me interrumpe y me trae a la realidad con la frase lapidaria de sus aspiraciones de irse de sicario. Se levanta sin verme a la cara, su relato terminó.

2  Celia y Manuel, el último viaje familiar

Celia y Manuel tomados de la mano. Foto: Norma Galarza

De los cerca de 200 millones de seres humanos a nivel mundial que dejaron sus hogares a principios del siglo XXI, la gran mayoría migraron por temas relacionados al contexto familiar, como mejorar el nivel de vida de los miembros de ese núcleo. Celia y Manuel son parte de esa estadística y aunque no lo saben comparten con José más que las calles terregosas de “El Caballete”.

A esta pareja el tiempo les ha consumido 3  largos años de su vida en esta comunidad de no más de 300 pobladores, desde que la crisis estadounidense encogió las oportunidades de empleo y provocó un descenso de la población mexicana en aquel país.

Y es que de acuerdo al estudio El retorno, en el nuevo escenario de la migración entre México y Estados Unidos, elaborado y publicado por la CONAPO en 2015, la población mexicana en aquel país disminuyó de 12 millones 558 mil en 2007 a 11 millones 585 mil mexicanos, en 2013, entre deportados y los que regresaron por decisión propia, ante el decremento del empleo.

 A ese matrimonio, 2 veces,  la miseria los obligó a tomar camino con rumbo al norte.  La primera, no pasó a mayores, viajando en la cajuela de un coche, un joven matrimonio cruzó la frontera, en un trance que duró dos horas y que los mantuvo 6 años en aquel país, durante los cuales lograron forjar un pequeño patrimonio. El regreso al país de las oportunidades lo planearon en los albores del 2009, ahí empezó todo.

En 2009, de acuerdo a datos de la Secretaría de Seguridad Pública (SSP) y la agencia antidrogas de Estados Unidos, la  DEA, el cártel del Golfo y los Zetas controlaban el 80 por ciento del territorio mexicano. El tráfico de personas es  otra actividad muy redituable de entre los tentáculos de la diversificación empresarial del crimen organizado, ya que de acuerdo Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (ONUDD), representa un ingreso de alrededor de 7 mil millones de dólares anuales para el hampa.

Los rostros de Celia y Manuel dibujan una mueca de angustia al evocar aquel accidentado y último viaje mientras tratan de hilar cronológicamente la historia que están dispuestos a contarme. Noto como Celia se frota las manos mientras Manuel se aferra a ella como para protegerla de un enemigo invisible. Manuel es un hombre cuya altura contrasta con la de su esposa, una mujer menuda que no mide más de un metro con 60 centímetros.

El muro antes de Trump

Para los grupos del crimen organizado, no existe muro que valga. A pesar que actualmente existen 509.5 kilómetros de muros construidos para impedir el paso de peatones; 482.4 kilómetros de vallas contra vehículos y 58.4 kilómetros de doble o triple muro (San Diego), (en total son 1050.3 kilómetros), no son impedimento para el cruce de personas sin documentos.

Imagen satelital del muro fronterizo, obtenida de la Web

Instalados en la sala de su casa mientras Celia se acomoda, Manuel relata como trazaron la ruta del viaje por Tamaulipas. Cuenta como los llevaron a una casa alejada y con bardas altas  con varias habitaciones pero donde usaba solo una para hacinar a 15 personas. Al mediodía a inicios de enero del 2010, el miedo empezó a colarse por la ventana cuyas cortinas estaba prohibido abrir, recuerda. Ante el mutis de los presentes, vieron como dos hombres arrastraban a un joven ensangrentado a quien habían sacado de una de las habitaciones. Fingieron no ver, a lo que dice Manuel, pero ahí comprendieron que aquel viaje podría no tener retorno.

Después de un rato gobernado por el silencio, Celia aprovecha el momento en que Manuel se recluye en sus memorias y cuenta que esa noche llegaron 2 personas y le preguntaron nombre y apellido a su esposo y le dijeron que los acompañara, y como el no quiso dejarla,  ambos los siguieron. Celia sigue  platicando que les dijeron que si querían pasar la frontera debían darles todo lo que trajeran en efectivo, Manuel no se resistió, después de la visión matutina, no tenía ánimos de hacerlo.  Les dio los 5 mil pesos que traía y los aretes de Celia.

Manuel, toma la palabra para relatar que el claustro en esa casa duró 2 días los que se alargaron en el reloj por el miedo, la desesperación y el hambre. La madrugada del tercer día se preparó el cruce.

Esa madrugada, como relata Manuel, mientras los motores de la patrulla fronteriza se alejaban, de este lado, una escalera improvisada besaba medio metro abajo del alto de la barra metálica del muro. 6 personas guiadas por un “coyote” intentarían pasar.

 El  pase no fue fácil, del otro lado había que enfrentar la gravedad y abrazar el barrote para no caer. Manuel y Celia lo lograron, hubo personas que no.

Después, Manuel relata un viaje al borde de la asfixia en un tráiler herméticamente sellado, donde compartían el poco oxigeno con hombres, mujeres y niños. Me cuenta mientras sus ojos se abren en un gesto involuntario de asombro, cómo gritaba la gente suplicando por salir, claudicar la meta ya no importaba. Luego de un tiempo que como cuentan parecieron siglos, la puerta se abrió. Para por fin pisar la preciada tierra anglosajona

Un regreso no planeado.

Todo empezó a salir mal para Manuel a finales del 2011 cuando el mercado laboral lo relegó. Y es que,  la resaca de la tasa de  desempleo en Estados Unidos que de acuerdo al Bureau of Labor Statistics (Departamento del trabajo de los Estados Unidos), que a finales de 2009 alcanzó la cifra del 10 por ciento, pegó en los bolsillos de la familia de Celia y Manuel. La carga que enfrentó Celia como la única solvente de los gastos familiares, los hicieron plantear seriamente hacer maletas a su lugar de origen. México no los recibió con los brazos abiertos.

Celia se levanta y me interrumpe para que los acompañe a comer.  Mientras nos sentamos a la mesa ya en su cocina, Celia me cuenta que en los tres años que tienen viviendo en su país, han intentado de todo lo legalmente permitido. Desde la siembra de hortalizas hasta la cría de cerdos. Nada les ha funcionado.

“Canal” de riego de la Presa Julián Adame que cruza en medio de la comunidad de “El Caballete”. Foto: Norma Galarza

Celia le atribuye su mala suerte a un mal provocado por algún vecino envidioso, sin embargo, la Investigadora y Docente de la Unidad Académica de Economía de la Universidad Autónoma de Zacatecas (UAZ), Marisol Cruz Cruz, señala que ese fenómeno tiene su origen en la nula existencia de puentes entre los pequeños productores y los consumidores.

Fallas en las políticas públicas que marginan a personas que producen en menor escala, apela la investigadora. Aunque  Celia dice estar convencida de que el problema es sobrenatural, eso no le impide seguir buscando opciones que le generen ingreso a su familia. Actualmente  vende lonches a los niños y maestros de la secundaria, además de trabajar con su esposo en el campo.

Manuel sigue viendo hacia el Norte. Si la cosecha de camote no funciona,  espera que alguien lo recomiende para irse de contratado a trabajar en  los Estados Unidos o a Canadá. Pero eso no podrá ser,  porque de acuerdo a datos de la Secretaría del Zacatecano Migrante (SEZAMI) alrededor del 98 por ciento de los trabajadores que solicitan Estados Unidos o Canadá, tienen menos de 40 años y Manuel ya pasó esa edad.

Ambos cifran sus esperanzas en sus dos hijas Ana y Paula, nacidas en Estados Unidos y parte de los cerca de 850 niños estadounidenses que viven nuestro país. Sus padres esperan que cumplan la mayoría de edad  para mandarlas a su país natal a trabajar.

 Al no haber mercado, la cosecha se deja en el barbecho. Foto: Norma Galarza

Flotan en el aire nuestros pensamientos, por un momento y aunque  no nos vemos como extraños, percibo que ellos no se adaptan a la tierra que los vio nacer y que se resiste a adoptarlos con el amor que se merece una familia trabajadora.

El cuadro no es alentador, en una casa pulcramente arreglada, comparten la mesa conmigo cuatro integrantes de una familia. El ruido de los cubiertos al chocar con los platos corta el mutismo. Pese a que México les garantiza que de hambre no se han de morir -frase que repite Celia como un mantra-, sus rostros evocan incertidumbre aunque también la esperanza de que sus hijas no padecerán ese tipo de penurias porque ellas nacieron del otro lado, como concluye Manuel.