Por Rubén Luengas*

“Para vivir en México, es necesario morir muchas veces”, decía un tuit de @GofoAutor publicado el pasado 10 de agosto, tras los asesinatos del fotoperiodista Rubén Espinoza, la antropóloga y activista Nadia Vera Pérez y otras tres mujeres, ocurridos el pasado 31 de julio en la Ciudad de México, lugar donde el máximo representante del arte surrealista, el maestro Salvador Dalí, inmortalizara una frase sobre su breve visita al país: “De ninguna manera volveré a México. No soporto estar en un país más surrealista que mis pinturas”, declaró el excéntrico autor de “La persistencia de la memoria”, una de sus obras más célebres conocida también como el cuadro de los “relojes blandos”. Por su parte, el poeta francés André Breton, autor del “Manifiesto surrealista” en 1924 quien estuvo en México del 18 de abril al primero de agosto de 1938 durante el gobierno del general Lázaro Cárdenas, diría que “México es el país surrealista por excelencia”.

Según el ensayista Humberto Beck, cuando Breton nombró a México un país surrealista, “no se refería sólo a los paisajes hechizaste y a la ‘belleza convulsiva’, sino, ante todo, a su carácter revolucionario”. Agrega Beck: “El surrealismo se alimentaba de la identidad entre creación artística y revolución: en la meta común de transformar el mundo y cambiar la vida, la poesía y la actividad revolucionaria encontraban su unidad. De esa forma la irrupción de la libertad en el ámbito de la imaginación no podía estar completa sin la transformación radical de la sociedad”.

Sin embargo, la mayoría de mexicanos no relaciona hoy el calificativo de “surrealista” con un carácter revolucionario que se alimente de la creación artística, sino más bien, con la excentricidad mexicana basada en su profunda contradicción cotidiana y en la irracionalidad suicida del absurdo. Como absurdas resultan ser las inconcebibles “escapatorias” de Joaquín Guzmán Loera, alias El Chapo, cabeza del Cártel de Sinaloa, de la cárcel de máxima seguridad de Puente Grande el 19 de enero de 2001 durante el gobierno del panista Vicente Fox y del Penal Federal del Altiplano, el sábado 11 de julio de 2015, cuando el presidente Peña Nieto visitaba Francia y quien había declarado en 2014 que sería “imperdonable” que Joaquín Guzmán se volviera a escapar.

Dejo a ustedes la decisión de aplicar o no el calificativo de surrealista a la construcción alucinante de ambas “fugas”, cuya excentricidad no tiene nada que ver con la visión del movimiento surrealista que se propuso “salvar y redimir al hombre, cambiar la vida”, poniendo énfasis en lo hermético, lo insólito y en la creación de imágenes fantásticas surgidas de los sueños y de la fuerza vital del inconsciente.

El caso es que me encontraba en México, justo cuando la inconmensurable corrupción que ahoga a México exhibía un capítulo más de su ignominiosa impunidad con la “espectacular” noticia de la “fuga” del Chapo Guzmán. Uno de esos días del pasado mes de julio, con la noticia del Chapo siendo comentada en todo México, manejaba mi esposa al sur de la capital. Habiendo apenas pasado la caseta de vigilancia de una zona residencial privada a la que acudíamos en calidad de visitantes, sentimos repentinamente la presión frenética del conductor de un elegante vehículo de color negro queriéndonos rebasar con lujo de agresividad. El espacio era muy estrecho, pero nos hicimos a un lado hasta donde se pudo para que el iracundo conductor pudiera rebasarnos, seguido por dos vehículos más repletos de exaltados guardaespaldas. Poco más adelante vimos descender de la parte trasera del auto, nada más y nada menos que al expresidente de México Carlos Salinas de Gortari. Recordé al ver su rostro que Salinas había celebrado en 2012 “el triunfo” de Enrique Peña Nieto diciendo: “Me voy a tener que hacer cirugía para quitarme la sonrisa”. No había sonrisa alguna en el rostro del hombre en cuyo mandato presidencial se dio justo el ascenso criminal del famoso “Chapo”, quien para el 2011 y por tercera ocasión consecutiva aparecía en la lista de los millonarios del mundo de la lista de la revista Forbes con una fortuna de 1000 millones de dólares.

Surrealista o no, en sólo unas semanas de estancia en México, me apareció por todos lados el grave problema ético del país. Desde el séquito insolente de poderosos como Carlos Salinas que se sienten con derecho de intimidar a todo aquel que “estorbe” en su camino o la manera tan vergonzosa de ganarle a Panamá un partido de fútbol en la semifinal de la llamada Copa de Oro, tirando a la basura la oportunidad que tuvo la selección mexicana de realizar un acto de honestidad y decoro, que hubiera sido ejemplar y de enorme valía para la niñez, la juventud y para la sociedad en su conjunto, si hubiera esta rechazado “aprovechar” la decisión arbitral que le arrebataba escandalosamente a Panamá su derecho demostrado en la cancha de pasar a la final de ese torneo, hasta los asesinatos de periodistas que siguen quedando impunes o el ilusionismo de prestidigitadores que diseñan escapatorias imposibles como la del “Chapo Guzmán, quien sobre su primera “fuga” del penal de Puente Grande, en Jalisco, respondió así la pregunta que le hiciera el General Arturo Acosta Chaparro sobre cómo se había escapado: “No me escapé. Me abrieron la puerta”.

No tenía acceso a internet en la casa donde me estuve quedando en México, ni tampoco señal de televisión, pero encendía la radio buscando información sobre la depreciación del peso mexicano, con tan mala suerte, que de lo que más parecía hablarse en esos días era de la salida del Piojo Herrera como director técnico de la Selección Mexicana de Fútbol por haber agredido físicamente a un comentarista deportivo. Busqué entonces el noticiario “Primer Movimiento”, de radio UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México) y con tan “mala pata” que también ahí hablaban de la salida del Piojo y sobre quién podría sustituirlo: “Lo sucedido no muestra el espíritu de competencia leal y respetuosa que la federación impulsa. Después de haber platicado y escuchado a todos los que forman parte de esta familia, he tomado la decisión de separar de su cargo a Miguel Herrera”, decía Decio de María de la Federación Mexicana de Fútbol, mismo que guardó silencio sobre “el espíritu de competencia leal” con el que le fue despojado el pase a la final a Panamá. Pero yo quería saber qué decían los analistas sobre cuándo podría llegar a tocar fondo la depreciación de la moneda mexicana, que había empezado el año con niveles de 14.74 pesos contra 16.10 los días anteriores a la tan machacada noticia de la despedida del Piojo Herrera en las postrimerías del mes de julio, en cuyo último día 31 era hallado muerto en la colonia Narvarte, del Distrito Federal, junto a cuatro mujeres, el fotoperiodista Rubén Espinosa, quien por amenazas surgidas por su labor periodística huyó de Veracruz, irónicamente para refugiarse en la Ciudad de México donde lo asesinaron y donde, surrealista o no, las autoridades parecen haber tejido una siniestra maraña de confusiones que anticipa garantía de encubrimiento y abominable impunidad.

Confieso que la densa acumulación de absurdos durante alrededor de seis semanas de visita a la Ciudad de México, logró por momentos afectar mi ánimo. Desde casos tan graves como los asesinatos de la Narvarte, hasta la comprobación de que varias zonas “exclusivas” de la capital mexicana no tienen casi escuelas, lo que tienen son “schools”, mientras en grandes centros comerciales como Perisur, el inminente arribo de nuevas tiendas extranjeras son anunciadas con letreros grandes que dicen: “coming soon”.

 

*Periodista mexicano de trayectoria internacional en radio y TV, galardonado en Estados Unidos con los premios Emmy y Mark Twain, entre varios otros. En mayo de 2008, el prestigioso periódico The Washington Post reconoció la calidad de su trabajo periodístico en el noticiario “En Contexto”, por el que también en México recibió en dos ocasiones consecutivas el Premio Nacional de Periodismo que otorga anualmente el Club Nacional de Periodistas. Invitado frecuente en diferentes universidades del sur de California como UCLA y Cal State Northridge, Rubén Luengas expone una férrea defensa del periodismo que contradice, en sus propias palabras, la forma adulterada que en algunos centros académicos y en muchos medios de información practican el oficio.