Por Heraclio Castillo Velázquez/ La Cueva del Lobo

 

Cuando se habla de la línea de bienestar me pregunto si en realidad se miden los indicadores correctos o si hace falta evaluar nuevas variables, con un enfoque distinto a las necesidades básicas de la población.
No dudo de la importancia de medir el grado de carencia alimentaria, de acceso a la salud, a la vivienda, a la educación, entre otros factores que nos ofrecen una radiografía del país, aunque incompleta en cierto modo.
Si bien este diagnóstico ha permitido el desarrollo de políticas públicas que incidan en el abatimiento de estos indicadores, aún creo que se mantiene una política asistencialista, como lo demuestra la Encuesta Intercensal del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) 2015.
Según los últimos resultados de la encuesta, en Zacatecas uno de cada tres hogares recibe un ingreso por parte de algún programa de gobierno. Una muestra más clara es en el sistema de salud: seis de cada 10 habitantes del estado tienen cobertura en el Seguro Popular; el resto se divide entre el IMSS, el ISSSTE y otros esquemas de salud federales o de particulares, aunque en una proporción mínima.
No me sorprenden tampoco los resultados respecto al acceso a tecnologías de la información y la comunicación.
En Zacatecas solo uno de cada cuatro hogares tiene una computadora, misma proporción de hogares con acceso a internet, pero una de cada tres familias tiene pantalla plana y dos de cada cinco tiene servicio de televisión de paga.
No es gratuito que se tengan tan bajos indicadores en la educación del estado: hay mayor acceso a contenidos televisivos donde no se ha desarrollado una programación educativa, mientras que el bajo porcentaje de hogares con acceso a internet no tiene las herramientas suficientes para aprovechar ese servicio con fines didácticos ante la falta de plataformas educativas diseñadas desde el gobierno.
En suma, hay varios indicadores que nos ofrecen un panorama de la realidad del país, pero sigo creyendo que hace falta una pieza clave para entender ese conjunto de datos: ¿cómo medimos la capacidad y las habilidades de la población para salir de su situación?
Sabemos cuántas personas no tienen piso firme, techo seguro, electricidad, drenaje, agua entubada… en fin. ¿Pero cómo sabemos si esa persona tiene las herramientas para mejorar su situación?
Las políticas públicas se han centrado en atender los indicadores que miden la carencia, sin promover el desarrollo de habilidades y capacidades para salir adelante.
Algunas instancias podrán alardear de programas para el autoempleo con talleres de oficios, ¿pero realmente una peluquería o una tienda de bisutería ayudará a vencer el círculo de pobreza y vulnerabilidad en el entorno inmediato de las personas beneficiadas?
Hace falta replantear el enfoque de los programas y políticas públicas. Hay quienes repiten la desgastada frase de “enseñar a pescar, no dar el pesado”. Tal vez la persona no necesita pescar, pues el gobierno sigue proveyendo el pescado, sino que requiere aprender a sembrar. Cuestión de enfoques.