Por Norma Galarza

Desde que empezó a desatarse la violencia en Zacatecas, escribí varios artículos desde la indignación pero todavía con la esperanza de esa indignación funcionara y nos moviera a ciudadanos y  autoridades a actuar en conjunto.

 Desde entonces, en la prensa se han ido desgastando uno a uno los nombres de mujeres  asesinadas que indignaron al pueblo unos días, pero luego el olvido hizo lo suyo.

El asesinato de Cinthia Nayelli la adolescente tirada en un arroyo, pasó a la historia, como otro de los miles de crímenes sin resolver.

Mientras Cronos sigue sumando nombres, que luego mutan a  fuegos fatuos en el ánimo de la población y la impunidad sigue aumentando las cifras, la sociedad tampoco toma el papel que le corresponde.

 El hallazgo del cadáver de una menor con signos de violación -de acuerdo a las versiones oficiales-  debería ser el último eslabón en la cadena del hartazgo.

El infanticidio es una muestra fehaciente de que la descomposición social  ha llegado a límites insoslayables. La urgente acción, no involucra solo la responsabilidad de las autoridades que evidentemente no  ejercen sino  también habla de una marcada omisión social.

Aun cuando optemos por justificarnos diciendo que el origen de esa apatía se sustenta en el miedo que en los últimos años desnudó la complicidad de las autoridades con grupos delincuenciales, la pasividad sigue siendo nuestra peor opción.

La apatía nos hace sentir que nos estamos quedando solos y lo que es peor, entre la gente. Ante este horrendo feminicidio infantil, la pregunta recurrente es ¿Nadie vio nada? ¿Nadie oyó nada?

El desentendernos de nuestro entorno, de justificar nuestra marcada cobardía y hasta llegar a justificar el asesinato, primero con clichés como “seguro andaba en algo malo” como ha ocurrido desde que se gestó este infierno de violencia, fueron preludios del desastre en el que estamos ahora.

Esa indolencia que parece mimetizarse no solo en las calles sino en los órganos de impartición de justicia se enquistó en la idea de que involucrarse y hasta denunciar no sólo resulta engorroso y a veces peligroso, sino que resulta francamente inútil.

Solo basta recordar que el homicidio de Cinthia Nayelli sigue sin resolverse o peor aún que no hay disposición de los encargados de procuración de justicia para solucionarlo.

 La indignación que provoca hoy el homicidio de la pequeñita San Juana, que nos hace preguntarnos qué clase de monstruo es capaz de provocar tanto daño a un ser inocente, es la conjunción de varios factores.

Algunos de esos factores no están a nuestro alcance intentar paliar, otros sí. Creo que como sociedad tenemos mucho por hacer. No desestimemos  la cohesión social, por ejemplo. La construcción de la Muralla China, tuvo una primera piedra; en la construcción de una sociedad mejor también se necesita una primera acción.

No hay esfuerzo grande que no haya empezado con uno pequeño. Quizá el dolor que nos provocan casos como el de San Juanita y Cinthia debería ser tomado de forma asertiva.

A ellas no pudimos cuidarlas, pero hay niñas, niños y adolescentes, que en estos momentos pueden estar sufriendo violencia, abandono, golpes, hambre o explotación.  Pueden habitar la casa de al lado y nosotros quizá somos los indolentes que volteamos la para no ver.

Creo que nuestra labor como hacedores de una sociedad sana, no se cumple con culpar a otros mientras nos eximimos de lo que nos toca. Una de mis hermanas dijo una frase que me impactó y que  se adapta a lo que vivimos: hay dos maneras de enfrentar una  tragedia: como lección o como castigo. Feliz mitad de semana.