Daniel Medina Flores

Ahí está, al otro lado del río aguardando el momento. Nos observa, no ha descansado ni día ni noche. Sabe lo que pensamos, sabe lo que hacemos. La hora que nos levantamos, la hora que comemos, el preciso instante en que las guardias cambian y nuestros compañeros nos relevan en el puesto.

Los días aquí son cortos. La neblina cubre el espacio y vemos poco o nada. No sirven los binoculares porque si los utilizamos la bruma ciega el espacio, sin embargo, escuchamos. No estamos solos en este gélido y norteño lugar abandonado por Dios. Aquí nos trajeron para luchar y ahora somos la única división mientras los demás ya se han ido, huyeron sin preocuparse de lo que nos ocurra. Si nuestros oficiales no ordenan la retirada nos va a matar a todos. Ahí está del otro lado del río. Ahí está, nos está viendo.

El día está lleno de incertidumbre pero la noche es peor. En estos lugares septentrionales la oscuridad es ama y señora, cuando llega todo se rinde a su poder. ¡No! Los demás no saben qué significa vivir en la umbra completa, ni siquiera la penumbra ¡la umbra total! Envidio a todos aquellos que estando en una noche pueden utilizar una lámpara, prender un foco o crear fuego para iluminar el lugar en el que están, son afortunados. Aquí no ocurre esto porque al irse la luz comienza el miedo. Lo que está del otro lado del río nos escucha y nadie quiere eso. Por eso cuando el cuerpo titirita sin poder contenerlo queremos estar lejos del río. Sujetamos con una venda la quijada para que no se escuche el castañear de los dientes. El cuerpo se enfría a tal grado que las extremidades se engarruñan, se debe evitar al máximo hablar, aquí la única compañía en la noche son los sonidos que vienen del otro lado.

La oscuridad absorbe la vista y penetra el cuerpo hasta el espacio más recóndito del ser. Ya nadie quiere estar aquí, nadie quiere vigilar en las horas nocturnas. Los oficiales no piensan lo mismo, insisten en aguantar la posición. ¡Nos debemos ir! la noche está maldita y el día es un puente entre la desesperación y el terror. Los soldados hacen lo imposible por no cubrir las guardias: algunos apuestan, otros intercambian por cigarrillos o raciones importantes de comida.

Hace unas semanas se desató una serie de enfermedades que pronto se propagaron por el campamento. Los efectivos caían en cama, sudaban frío, tenían espasmos terribles y no se levantaban hasta varios días después. No tardó mucho tiempo para que el alto mando descubriera el engaño: los soldados habían fingido la enfermedad para evitar estar en guardia, alejarse del campamento y estar en la soledad y oscuridad del invierno gélido. Lo que más molestó a los oficiales de alto rango fue la respuesta de todos aquellos a quienes descubrieron: no querían ir a la guardia por miedo a lo que está del otro lado del río. ¡Pobres diablos! A todos los pasaron por las armas, su treta no funcionó de nada. Pero la verdad es que los envidiamos porque ya no están aquí, se han ido, la oscuridad y soledad de este maldito espacio norteño.

Una noche estuve de guardia y lo escuché. Vigilaba como podía pues la oscuridad no me dejaba ver absolutamente nada. Ni siquiera las brasas del infierno podrían calentarme mientras el frío polar me hacía titiritar. El sonido inicio, era tan claro como el canto de un ave. Nítido. Se descomponía mientras avanzaba hacia mí. Retrocedí poco a poco víctima de la incertidumbre, el ruido aumentaba. Agudo, tan agudo que mis oídos se lastimaban. No pude más y corrí con todas las fuerzas que pude emplear. Estaba atrás de mí. No quise voltear, aceleré el paso sin importar el dolor en mis músculos por el entumecimiento. Tiré mi fusil, una grave falta al reglamento, al carajo el honor militar en ese momento, quería ponerme a salvo de ese agudo sonido que invadía todo mi ser. No sé en qué momento caí en una trinchera cavada seguramente por otros soldados jornadas anteriores.

En ese agujero busqué abstraerme del espacio. Se me helaba la sangre creando una sensación que ni siquiera el mejor de los poetas podría describir. Luego llegó el silencio total. Por unos segundos todo fue paz dentro de ese infierno oscuro. Creía que todo había pasado ¡qué tonto! No era sino el momento previo que precede a la catástrofe. Vino ese grito agudo y destellos de luz que iluminaron el espacio. Lo único que hice fue tirarme al suelo en esa trinchera y colocarme en posición fetal mientras escuchaba los estruendos como una tormenta poderosa en el mar abierto. Grité, grité con todas mis fuerzas para callar el sonido. No sé cuánto tiempo pasó. Cuando regresaron las sombras no sentí paz. A lo lejos los rumores del dolor y la muerte inundaron todo el espacio. No fui a mi puesto y me quedé en esa trinchera.

En la mañana me encontró el soldado que iba a remplazarme. Lejos de increparme por no estar en mi lugar, me ayudó a levantarme y compartió comida conmigo. La niebla era densa pero pude ver bien su expresión, en su rostro estaba completamente ausente la chispa de la vida, no era más que una masa blanca de cabello rubio que se movía por mero reflejo. Sus ojos estaban como desorbitados y tan vacíos como la nada. Ambos temblábamos, estábamos hartos de ese lugar, estábamos desesperados.

El campamento estaba destrozado. Las columnas de humo se elevaban sobre la bruma que se extendía. Los agujeros humeantes albergaban cuerpos desfigurados, brazos, piernas, torsos esparcidos en el radio de cada hoyo de muerte. El mando ordenó formarnos para pasar revista. En las caras de mis compañeros no había signo de vida. Todos estaban completamente desencajados. Pude ver se llevaban cadáveres a lugares alejados para sepultarlos. No sé cómo le harían pues el terreno estaba completamente congelado. Seguramente dejaron que la nieve los cubriera, que tuvieran de esa forma su tumba blanca y que nadie hablara de ellos nuevamente. Se corría el rumor que los oficiales darían una reprimenda fuerte a todo el batallón que estaba ahí por la forma en que nos comportamos durante la noche. ¡Necios! Seguían sin escuchar las advertencias.

Estuvimos por horas formados bajo el gélido viento del norte. Apenas podíamos soportar la formación. Los oficiales con sus abrigos de piel y botas para el invierno no parecían sufrir por las condiciones climáticas. Entonces llegó el general Metzger y sus subordinados. Sin más dio la orden al coronel Henker y éste a su vez, con ayuda de dos soldados, llevó hasta el frente al teniente Fritz Müller, un hombre que servía en mi compañía.

El teniente Fritz Müller fue la víctima de más renombra durante los sucesos de la noche anterior. Hombre alto, más grande que el promedio de nosotros, regios ojos azules acompañados de mechones dorados que complementaban su joven físico bávaro producto de años de ejercicio continúo. Durante la campaña se había distinguido por ser un fierro oficial que había cumplido todas y cada una de sus misiones con el mínimo de bajas. Él nunca intercambió su guardia y tampoco pasó por su mente hacerlo, siempre prestaba el servicio que le pedían, siempre cumplía al pie de la letra las órdenes, siempre se distinguió por sus muestras de coraje y valentía, siempre fue el primero en ofrecerse, siempre hasta que igual que yo y muchos, escuchó eso la noche anterior.

El general comenzó a hablar. Dijo que había interrogado a sus compañeros de guardia. Dijo que minutos antes de las luces y esos sonidos horribles, el teniente había dejado su casco en la nieve mientras se adelantaba unos pasos más de la trinchera. Se colocó en el suelo, habló muy arrogante, retó a lo que está del otro lado del río. Fue cuando lo escuchó y regresó corriendo, ni siquiera se colocó el casco, arrojó su arma lo más lejos posible y dejó caer su cuerpo en la trinchera. Con sus propias manos comenzó a escarbar con tal fuerza que sus dedos se cortaron y la nieve se mezcló con el color escarlata de la sangre. Gritaba y de entre todos los quejidos sólo se pudo distinguir:

— ¡Mamá! ¡Mamá!

Nadie tuvo la fuerza suficiente para detenerlo. En su rostro había una mueca como si cada uno de sus músculos se deshebrara al mismo instante y sus ojos estaban perdidos en agujeros negros. Al mismo general Metzger, se le rompía la voz con cada palabra. No terminaba de creer que el mejor soldado con que contaba ahora tenía el mismo valor y arrojo que un niño de dos años. Juzgaron su actuación como desacato y decidieron sentenciarlo frente a todos los soldados del batallón.

Lo llamaron cobarde, traidor. Lo juzgaron culpable y lo sentenciaron a morir, un ejemplo para los demás soldados que tuvieran una flaqueza como la suya. El mismo coronel Henker se encargó de darle el tiro en la cabeza y luego ordenaron que su cuerpo fuera arrojado al río, así se deshicieron del mejor solado que había. El castigo no acabó ahí. De las filas que conformaban mi compañía el coronel Henker contaba hasta diez y al hombre elegido lo sacaba del grupo. Cuando todos estuvieron afuera nos ordenaron matarlos a golpes. Nos negamos, les dijimos que lo mejor era irnos de ahí, que era necesario abandonar ya la posición, que no debíamos estar más en ese maldito lugar.

No nos quisieron escuchar. Mataron a los primero que se negaron a obedecer la orden, después de eso no tuvimos alternativa. Yo mismo golpeé hasta el cansancio a un joven de apenas dieciocho años, mis puños estaban lastimados de tanto golpe que le di. Entre todos dejamos su rostro desfigurado. Siento que le hicimos un favor, lo salvamos de este lugar gélido, lo sacamos del infierno. Ese día muchos deseamos haber sido elegidos para la diezma, pero en contraste mantuvimos la vida.

En la noche todos los hombres de mi compañía tomamos la decisión de irnos de ese lugar sin importar la forma. No íbamos a quedarnos más ahí, sí teníamos que matar a nuestros propios compañeros así lo haríamos, ya no había alternativa. El mayor Henker llegó con sus subalternos para llevarnos a la guardia. Nos negamos, el oficial amenazó con otro castigo más si no se hacía caso de la orden. Nos amenazó con fusilamiento inmediato por desacato. Yo vi como el teniente von Kageneck tomaba su pistola y apuntaba al coronel, no le dio pues un oficial se interpuso entre el mayor y el arma. El tiro entró de lleno en la frente y lo mató. La sangre manchó a Henken quien de inmediato ordenó abrir fuego.

Se produjo una balacera. Todas las compañías acudían al ataque contra nosotros. No pudimos hacer mucho. La gran parte de mis compañeros cayeron muertos. En poco menos de media hora nos sometieron. El coronel regresó acompañado del general Metzger. von Kageneck fue arrestado pero pidió que se le ejecutara ahí mismo y lo hicieron. Fue fusilado. ¡Qué inteligente! Logró la forma de escapar de ese lugar. Los demás no corrimos con la misma suerte. Se nos condujo a los puestos de guardia y ahí nos dejaron. Nadie nos relevaría, no importaba que algún soldado estuviera muriendo nadie cambiaría su lugar. Nos dejaron ahí con pocas provisiones para vigilar. Todos pensaron que sería sólo unos cuantos días. No sé si pecaban de inocentes o estúpidos, era obvio que el general Metzger y el coronel Henken nos habían sentenciado a morir. Muchos se rindieron ante la desesperanza. No nos vamos a ir.

— ¡Ahí está, general!—gritó uno de mis compañeros cuando nos llevaban hacia los puestos cercanos al río— ¡Si no ordenan la retirada todos nos vamos a morir!

De aquello hace más de 4 semanas. No hemos cambiado posiciones. Muchos han muerto congelados, otros ya perdieron la razón y deambulan por las guardias como seres carentes de pensamiento. En su rostro sólo se puede ver una cosa: miedo. Noche tras noche hemos escuchado el sonido al otro lado del río, hemos convivido con el terror. Las nevadas se intensificaron, la luz ya no aparece, no vemos nada, únicamente hay sombras. El río se congeló tres días atrás. Esta es la noche, hoy va a cruzar.

Ese sonido, el mismo que escuché noches anteriores ha emergido con fuerza. Todos tratan de ocultarse, cavan fosos más grandes. Se tapan los oídos, lloran, muchos gritan. Escucho las pistolas y fusiles amartillarse, la explosión del disparo y el sonido seco de los cuerpos caer sobre la nieve. A mi lado un cabo reza encomendándose a Dios, ¡está loco! Dios nunca existió y de existir aquí no es el lugar donde está. Va a cruzar. Mañana no quedará nadie que pueda contar lo que pasó aquí, pero antes que venga quiero estar lejos de este mundo. Cuando la Muerte Negra llegue estaré ya lejos de su alcance.