Por Norma Galarza

Ante la descomposición social que padecemos quizá sería prudente que volteáramos la cara al origen de todo: La familia.  Está figura cambiante y multiforme es perfecta siempre y cuando al interior de ella prive la paz y el amor. Es importante para el ser humano pertenecer a una. Ahí nace todo. Ahí se define la clase de hijos que arrojamos al mundo, o la clase de vástagos que nos arrojan,  para bien o para mal.

Por suerte, querido lector yo puedo presumir de tener una y para mí es muy especial. En su entraña arropa al hijo bueno, el que desde muy chico  trincó las riendas de la casa paterna y a fuerza de migrar a Estados Unidos, sacó adelante a sus hermanos y a su madre.

También alberga a la oveja negra el hijo que resultó heredero de los vicios y filias malsanas de los antepasados,  del bisabuelo mujereriego parrandero y jugador, pero también merecedor de una extraordinaria fortuna, aunque su vida cotidiana es un continuo tentar al azar y salir avante.

A la pregunta sobre cuántos hijos tuvo, mi abuelo suele contestar: “Nomás 10”. El fundador del clan Galarza asentado en el sur de Zacatecas hoy con 91 años quien se queja porque ahora de repente, se le empiezan a olvidar algunas cosas. Mala fortuna según él, pese a su edad, una bendición tenerlo lúcido hasta hoy, para nosotros.

Una vez al año solemos abarrotar la casa de María “la China” mi abuela, muerta hace 20 años, para retomar la tradición que  ella inauguró de amueganarnos, en torno a la mesa todos y los mayores en torno al mezcal. La algarabía que arman 62 humanos entre hijos, nietos y bisnietos, ambientados con la música que le gusta al abuelo- porque en cuestión de gustos musicales, fuera de los de él, no hay calidad que haya sobrevivido  a Las hermanas Huerta, a Las hermanas Padilla y a Javier Solís- suele ser memorable.

¿Por qué te cuento todo esto, querida lectora, lector? Porque definitivamente cualquier niña o niño que venga a esta pachanga llamada existencia, merece ser arropado por esa mafia que protege, está ahí cuando los problemas nublan el panorama, corrige, a veces malcría, pero que con todos su defectos termina siendo el oasis de cada uno de sus integrantes .

También te cuento parte de la historia de mi  árbol genealógico porque creo que los problemas que enfrentamos los mexicanos y en lo íntimo los zacatecanos tienen su origen en las evoluciones familiares.

El mercado laboral al que la mujer se adscribió en aras de contribuir a mejorar la calidad de vida de los miembros de su hogar, se convirtió en un  arma de dos filos.

Hoy, mientras en los hogares priva el abandono de ambos padres trabajadores, porque la precariedad de los salarios sigue empujando a los responsables de la casa a buscar más de una fuente de ingreso lo que cancela casi en su totalidad el tiempo que deberían dedicarse entre ellos.

La convivencia familiar, se ha reducido a pasar las horas juntos en cuerpo, pero con el espíritu absorto en las tecnologías de la comunicación. Curiosamente la hiperconexión nos está dejando más solos cada día. Los niños son los que más lo sienten, sin embargo, en su tiempo libre el celular los absorbe.

No es su culpa, el cansancio, el exceso de estrés en los lugares de trabajo hace mella en la disposición de los padres para conversar o jugar con ellos, por lo que dan venia para desconectarlos de la realidad al conectarlos al aparato.

En las familias de hoy, la infancia, la satisfacemos materialmente porque no tenemos tiempo para compensar emocionalmente. Por eso, al menos una vez al año yo me fugo de la ciudad. Me desconecto de la tecnología y me conecto con mi gente

Y es que, al pie de la montaña donde el poderío de Slim no ha llegado y el teléfono móvil es completamente inútil, los niños todavía pueden jugar en la calle que cada verano se convierte en río cuando cae la lluvia.

Lo comparto contigo, amiga, amigo, porque creo que en la esencia  de todos sigue intacto el sentido de reencontrarnos de vez en cuando con la raíz. No importa el tamaño ni la constitución de tu familia, abre espacio aleja el celular al menos una vez a la semana, para ver a los ojos a cada uno de los integrantes de tu clan. Escúchalos, háblales, abrázalos.

Vivimos tiempos difíciles reencontrarnos en la célula que origina las sociedades y puede ayudar a sanarlas. ¿No crees?