Por Gerardo Mata

 

En 1988 un grupo de priístas abandonó las filas de ese histórico partido político y se sumó a una gran fuerza que partidos de izquierda hicieron en México para formar el Frente Democrático Nacional (FDN). De sumarse, este grupo de expatriados del PRI terminaron encabezando el movimiento, con lo que se inauguró una nueva forma de hacer política en el país, particularmente desde la izquierda proselitista.

 

Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, hijo del general Lázaro Cárdenas del Río, fue el candidato a la presidencia de la República con el FDN. Cárdenas Solórzano había sido ya senador y gobernador por el PRI e hizo una excelente campaña política en las filas de la naciente izquierda electoralmente renovada, de manera tal que hasta la fecha son muchísimos los que siguen con la espinita clavada y piensan que en realidad Cárdenas ganó esas elecciones y que la presidencia de su rival, Carlos Salinas de Gortari, fue impuesta.

 

Estos dos personajes han sido clave en el desarrollo político del país, no sólo porque sus estrategias electorales han generado la apertura de sendas democráticas que antes los mexicanos ni siquiera soñaban que existían, sino porque luego de tantos años, ambos siguen vigentes en el escenario político: Carlos con la sospecha fundada de que es el que le mueve los hilos a Peña Nieto, y Cuauhtémoc como líder moral del Partido de la Revolución Democrática (PRD), el cual ha abandonado tras un berrinche público.

 

Cárdenas ha renunciado al PRD luego de que hiciera pública una exigente solicitud al dirigente, Carlos Navarrete, de que él y toda la dirigencia renunciaran por el bien del partido; e inmediatamente después de un encuentro público con Navarrete. Pensar que a Cárdenas se le ocurrió la renuncia durante la plática con el dirigente perredista es pueril. Es más sencillo pensar que para una persona de su capacidad política, resulta mucho mejor tener la decisión tomada, tras haber medido las consecuencias de sus actos.

 

Por supuesto que Cárdenas y sus seguidores reconocen el peso que el llamado líder moral tiene para el PRD, y más allá de su postura personal y de sus intereses particulares, deben reconocer que un acto de esta naturaleza no puede pasar desapercibido y que las consecuencias para el PRD pueden ser dañinas e irreversibles.

 

Desde hace sesenta días, por lo menos, el PRD está en el ojo del huracán debido a los acontecimientos de Iguala, Guerrero. Se ha cuestionado a ese partido político su sistema de selección de candidatos, toda vez que postularon a Abarca, presunto autor intelectual de la –hasta el momento- desaparición de 43 estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa.

A pesar de los intentos desesperados de Navarrete por tratar de limpiar el rostro de su instituto político, con el anuncio de medidas más severas para incluir a nuevos candidatos en el futuro, no fue posible redimir la culpa ni borrar el estigma, y Cárdenas prefiere mantenerse al margen del cochinero y preservar (para algo que no se sabe) su imagen pulcra de político constructor de sistemas democráticos en el país.

 

El PRD se había colocado en un escenario poco propicio para satisfacer el gusto electoral del país. Sus alianzas con el Partido Acción Nacional (PAN), la intención manifiesta de Navarrete de volver a meterse a la cama con ese partido, el michoacanazo del sexenio pasado y la participación activa del PRD en el Pacto por México, impulsado por Enrique Peña Nieto, daban una imagen nada confiable al partido que Cárdenas fundó. Siendo más juez que parte, y con el papel de líder moral que le tocó y que los mismos perredistas aceptaron, el ingeniero tenía la enorme tarea de tratar de enderezar el barco o, como sucedió al final, abandonarlo a su desdichada suerte.

 

Navarrete, y otros como él, minimizan la salida de Cárdenas. De cualquier manera nadie en su sano juicio esperaría que, siendo el dirigente, Carlos aceptara de buena gana el daño, lo que podría desmoralizar (más) a la militancia perredista. Pero es necesario aceptar que la salida de Cuauhtémoc Cárdenas no sólo ha diezmado al PRD, sino que le ha provocado la entrada a una fase terminal, en el desahucio político.

 

Ya el maridaje con el PAN, los malos gobernantes (obtenidos a fuerza de la prisa por ganar elecciones a como diera lugar), el ser comparsas de Peña Nieto, la salida de Andrés Manuel López Obrador y la destrucción unilateral del bloque progresista, había desestabilizado al PRD. Abarca es la gota que derrama el vaso, y la renuncia de Cárdenas puede ser el certificado de defunción.