“Mi primera aproximación a una mujer, con intenciones eróticas, sucedió cuando contaba yo con cinco años de edad.” José Luis Cuevas.

 

Entrevista  publicada en el libro “Los Ritos del alacrán” (Casillas, Arredondo, Marco, (2005), Los ritos del alacrán, México, IZC, Gobierno del Estado. )

26 DE FEBRERO DE 1934. Nació cerca de la fábrica de lápices del “Águila”, en el Distrito Federal mexicano. y el pasado lunes murió a los 83 años. El artista plástico mexicano con mayor proyección y fama internacional. El hombre sexuado, apasionado, creativo, polémico, dominante. José Luis Cuevas, “L´ enfant terrible” (“El niño terrible”), que acapara reflectores, ha conversó con Marco Casillas durante sus visitas a Zacatecas en tres ocasiones. En este resumen de estas pláticas ocurridas en 1994, 1998 y en el 2002, igual en el restaurante “Mesón de Jovito” que en algún callejón local, o en su taller de grabado montado en el Museo de Arte Abstracto “Manuel Felguérez”, en la ciudad de cantera rosa situada en el centro-norte de México.

            Intensos ojos verdes, sonrisa que caza y seduce, palabras que brotan envolviendo personas y tiempo en rituales que fascinan al autor de “La Giganta”. Cuevas confiesa sus circunstancias exitosas, pero también sus temores. A los aviones, a los perros, a la vejez.

 

Atempore…

Es, claro que lo es, de esos seres sin tiempo. Precisamente en su libro Gato Macho señala: “Las mujeres nunca han hecho, durante los últimos años, referencias a mi edad. Me hacen sentir en un mundo intemporal en el que los años no existen.” Ocasionalmente ha participado en actividades políticas (en 1971, como candidato a diputado sin partido y en las elecciones federales legislativas del 2003, bajo el escudo de Fuerza Ciudadana, partido que perdió el registro ante el IFE, ahora INE).

            Pero Cuevas es más que eso. Más que una situación de tiempo, más aún, de ser el abuelo de Alexis María José Luis –su primer nieto que tendrá unos 22 años de edad ahora–, más que el ser humano que se fotografía diariamente y se convence de que “es más viejo del lado izquierdo de su cara”. Más que el hombre que nació el mismo año que Cuauhtémoc Cárdenas, que Miguel de la Madrid o que Cri- Cri “El Grillito Cantor”, creación de Francisco Gabilondo Soler. Más que el pintor que nació el mismo año que el Palacio de Bellas Artes de la ciudad de México.

            Más aún que el artista plástico que ha expuesto individualmente su obra en México, Estados Unidos de América, Francia, Italia, Alemania, Bélgica, Polonia, Austria, Grecia, Suiza, Rumania, España, Canadá, El Salvador, Costa Rica, Nicaragua, Panamá, Puerto Rico, Colombia, Venezuela, Uruguay, Perú, Argentina, Ecuador, Brasil… Casi mil exposiciones personales. El mundo sabe de él y sabe que cuando murió Berta, su compañera, destruyó el mito de que sólo había llorado una vez, cuando había muerto su madre. Pintura lectura, prostitutas, cine, arte, medios, sexo, pasiones, belleza, alegría, opulencia, apuntes, galerías. José Luis Cuevas. A los veinte años, recorriendo manicomios, burdeles y depósitos de cadáveres.

¿Para qué?

–Los temas que yo trataba a los veinte años eran terribles, ¿verdad? Temas terribles de la condición humana. Iba yo al anfiteatro de la Escuela de Medicina de la UNAM a dibujar cadáveres, dibujaba enfermos del Hospital General, parturientas del Hospital Morelos, donde ahora está el Museo Franz Mayer. Era una especie de disciplina para conocer esos aspectos de la condición humana. Yo había vivido en un barrio miserable. En el callejón El Triunfo, donde había gente marginada. En la adolescencia conocí estos submundos. El mundo de las prostitutas, por ejemplo.

Platícame de tu primera exposición, José Luis.

–Bueno, fue a los 19 años, en la Galería “Prisse” de la Ciudad de México. Y la primera exposición internacional fue a los veinte años, invitado por José Gómez Sicre en la Unión Panamericana de Washington, que hoy se conoce como Organización de Estados Americanos, la OEA. Llegué con una exposición de temas verdaderamente escalofriantes, terribles para alguien que sólo tenía veinte años. Se desconfiaba de que la exposición pudiera tener una buena aceptación por parte del público y de los coleccionistas. Yo iba con la idea de que no se iba a vender nada. Para mi enorme sorpresa, se vendió toda la obra expuesta la misma noche de la inauguración. Me acuerdo que salió un artículo consagratorio en el Washington Post, el periódico más importante de esta ciudad,  que decía: “Mexican sold out” –venta total del mexicano–, que llamó la atención y eso atrajo el interés de la revista Time por entrevistarme. Fue una entrevista que interesó. Sobre todo porque se extrañaban de que un joven de veinte años hablara con tal madurez. Esa primera entrevista se publicó en agosto de 1954 y hablaba yo de temas como la prostitución, asunto no usual en esa época entre los jóvenes. La gente comenzaba a notar cierta “aptitud” en mí para provocar el escándalo ¿no?

¿Qué pasó después?

–El éxito en Washington me ayudó para ir a Nueva York. Mi obra gustó. Hubo gente que lloraba con mi obra, los mismos directores de galería. Hoy no lloran. Los directores de galería están más comercializados y ven nuestro trabajo con cara de “posibles ventas”, solamente. En aquel tiempo los directores de galería representaban a los artistas porque la obra les apasionaba, les interesaba profundamente. Allá en Nueva York seguí adiestrando mi vista: enanos, siameses, gigantes, mujeres obesas.

 

Distanciamiento

Se habla de que tuviste un distanciamiento fuerte con tu padre. ¿Es verdad?

–Él tuvo una actitud muy negativa hacia mi trabajo toda la vida.

¿Te afectaba?

–Pues sí, de alguna manera. Uno quiere tener, por supuesto, también el reconocimiento de los padres. Con mi madre no había ningún conflicto, al contrario, a ella le entusiasmaba el hecho de que apenas a los veinte años  ya tuviera éxitos en Washington y Nueva York, éxito que creció al exponer en París, en 1955. A mi madre le alegraba mi trabajo, quizás porque antes de su matrimonio ella había tenido también vocación por la pintura.

¿Te hizo falta tu padre?

–Yo hubiera querido tener una mayor comprensión hacia mi actividad. Hacia una actividad que yo considero completamente honesta y que además respondía a una vocación firme. Pero toda esa oposición jamás me llevó a dudar de mis capacidades. Él se había dado cuenta de mi vocación hacia el arte desde que era yo niño. Yo creo que es un privilegio el hecho de nacer con aptitudes. Te voy a confesar algo: en 1955 apareció un reportaje mío en la revista Life. No era cualquier cosa. No que alguien de mi edad ya fuera objeto de un reportaje en la revista más importante del mundo. Estaba yo en México. El reportaje se llamó “Cuevas y los Neoyorquinos”, y entonces fui a casa de mis padres a mostrarles la entrevista de cuatro páginas. Encontré la revista, la compré y corrí, te digo, hasta la Colonia Roma, justo en la calle Piedras Negras. Muy orgulloso llegué con mi revista, cuando estaba comiendo la familia reunida, hablando de diferentes temas. Con una gran sonrisa y un gran orgullo llegué y puse la revista abierta sobre la mesa, mi padre la vio y sólo dijo: “Ah sí, muy buena revista”, y la quitó de enfrente no haciendo mayor comentario. Me sentí definitivamente herido, lastimado. Eso fortaleció el alejamiento. Supe que mis logros no iban a ser aceptados, ni mucho menos. Debo decirte que seguí apareciendo en Life, en el New York Times –artículos espléndidos de Dorey Ashton–, en Times. Todo, te insisto, provocaba la más absoluta indiferencia por parte de mi padre, no así de mi mamá que sí se entusiasmaba aunque no leyera ni hablara inglés; yo se lo traducía más o menos y ella, como casi todas las madres decía: “Qué fantástico mijito, que escriban esas cosas tan bonitas de ti.” A lo mejor por ello mi actitud un tanto agresiva y escandalosa en México y es que, fíjate, tal vez si ve uno que no es aceptado por el padre, siente que no es aceptado por nadie. Tal vez.

¿Doble personalidad?

–Ándale. Yo vivía como “el joven triunfador” en Nueva York y en París, y como el “joven ninguneado” en México. Por supuesto que a la muerte de mi padre me cobré la indiferencia. Mentiría si te dijera que me puse muy triste. A él lo vi agonizar, lo vi cuando lo velaban. No lloré. Nunca se dio una reconciliación, nunca.

Cuevas (adquirido) por Picasso

Cuéntame del episodio donde Pablo Picasso compra obra tuya.

–¡Ah! Fue en París, en 1955. Picasso visitó la galería de Eduard Loeb y lo compró. Eduard me habló entonces y me dijo: “Vente inmediatamente a la galería, porque te tengo que dar una noticia fantástica.” Le dije: ¿No me la puedes dar por teléfono? “No, no, no, vente para acá”, me dijo.

            “Al llegar me di cuenta que había estado ahí Picasso y que había comprado dos de mis obras. Dejó un saludo, un recado para mí, recado que por cierto no me dio Loeb, señalando que el recado y la firma “pertenecían a la galería”. Por supuesto no saqué una copia, porque en aquel tiempo no existían las fotocopiadoras.

            “Hace algunos años un coleccionista de Texas me dijo que había visto ese autógrafo de Picasso subastándose en la galería de Sotheby´s de Londres y vendido en varios cientos de libras esterlinas.

La Ruptura, la gran partera de la historia

José Luis Cuevas seguía triunfando, Phillipe Bruno, su representante, le había encargado una selección de dibujos para una muestra neoyorquina. En 1956 retornó a México para exponer en la Galería Proteo. Poco después, presentó su obra en el Palacio de las Bellas Artes de La Habana, Cuba, y expuso nuevamente en París y Nueva York. En esta época dual, en la que Cuevas provocaba igual admiración que odio, José Luis formó parte de la llamada Generación de la Ruptura. Con él, Alberto Gironella, Enrique Echeverría, Manuel Felguérez, Pedro Coronel, Francisco Icaza y otros arremetieron contra la Escuela Mexicana. Sin batallar mucho, José Luis se convirtió en el centro de la polémica en el ombligo del escándalo nacional. A la par, se le nombró “artista residente” de filadelfia, dibujó para la revista Life e ilustró el libro Las Palabras de Franz Kafka. Ganó en la Quinta Bienal de Sao Paulo, Brasil, el “Premio Internacional de Dibujo”. Pero el exilio parecía ser su destino temporal.

 Bertha: la virtud, el centro

Mientras aumentaba su fama y su controversia, en 1961 José Luis Cuevas contrajo matrimonio con Bertha Riestra. Mujer que terminará por darle razón de ser a su vida afectiva. Dolores del Río y el arquitecto Luis Barragán apadrinaron el enlace.

¿El gran amor?

–La vi muy bonito. Yo tenía 21 o 22 años, ella 18. Me gustó muchísimo. Recuerdo que en ese tiempo yo caí enfermo. Yo toda mi vida estoy cayendo enfermo. Si tú lees mis biografías, en donde hablo de ciertos hechos importantes, resulta que casi siempre estoy en la cama con fiebre elevada… quizá por mi condición de hipocondriaco. Bertha se enteró de que yo estaba enfermo y me fue a visitar. Llegó y le propuse que se hiciera mi novia, luego nos casamos.

¿Hijos?

–Hijas. Sólo hijas. Mariana, Ximena y María José.

­–¿Todo lo anotas? ¿Todo lo registras?

–Tengo espíritu de notario. Registro todo. Sí, lo hago en mis libros, lo hago en la columna “Cuevarios”, a la que le di un giro: antes eran recuerdos, cosas antiguas. Ahora relato lo que vivo cada semana, lo que me sucede, la gente que se acerca, los encuentros, las fotos, las exposiciones.

 

Ordenado “Caballero de las Artes y de las Letras” por el Gobierno de Francia en la década de los noventas, autor del dibujo y la litografía más grandes del mundo, considerado el artista plástico nacional más reconocido internacionalmente, José Luis Cuevas muestra su lado humano: “Tengo miedo de ser un anciano y que las viejas ya no me quieran”, “Tengo miedo de los aviones y un pavor terrible hacia los perros.” En 1992 inauguró el Museo José Luis Cuevas y ese mismo año dio a conocer “La Giganta”, símbolo de la obra inigualable del autor. La dualidad continúa. Junto con el éxito, aparece el tremendo pesar que causa la revelación médica sobre la salud de Bertha Riestra. Cáncer.

El diagnóstico

Una profunda tristeza, ¿no?

–Sí. Le declaramos la guerra a la muerte y luchamos desesperadamente para que Bertha se salvara. Al principio las cosas no parecían ser tan graves. Apareció el cáncer de mama, se sometió primero a la radioterapia. Luego vino la leucemia, que provocó la muerte de Bertha en el año 2000. El 9 de mayo de ese año. Para mí fue una experiencia verdaderamente dolorosa. Te cuento: el proceso de los hospitales, los médicos, fue una cosa verdaderamente terrible. Yo ya había sufrido algo así con la muerte de mi madre en 1977, cuando me fui a vivir a Europa y esos dos años de enfermedad, de hospitalización, de trato siniestro de las enfermeras, todo ese mundo horrible de los hospitales, la falta de humanidad por parte de los que ejercen la medicina. Fue una situación horrible, pero siempre con la esperanza de que Bertha se iba a aliviar. Tres días antes de su muerte Bertha me dijo: “Gatito –porque me decía “Gato”–, ¿me voy a aliviar? ¿Voy a sanar?” Por supuesto que sí –le dije–, todo esto lo vamos lo vamos a recordar como uno de los episodios más terribles de nuestra vida en común, pero te vas a aliviar. Y no era una mentira piadosa, yo creía firmemente que ella iba a sanar. Tres días después, entró en estado de coma y falleció.

¿Cómo fue ese día, nos quieres contar?

–Horrendo. Espantoso. Después vino la cremación, después el regreso a México en compañía de mis tres hijas, quienes estuvieron al lado de su madre cuando pasó este desenlace. Mi hija Mariana viajó desde París, donde ella vive y “alcanzó” a su madre, habló con ella. Mariana se quedó con el anillo de matrimonio de Bertha, igualito al que yo tengo. Fueron momentos muy dolorosos. Mi salud se vio afectada, tuve que ser operado del esófago, de un mal producido por la terrible tensión. No podía trabajar, no podía hacer nada. Estaba solo y angustiado.

¿Alguna culpa, algunas infidelidades?

–Sería hipócrita decirte que fui fiel durante mi relación con Bertha, que duró muchísimos años. Yo supe ver la diferencia entre el sentido de lealtad y el sentido de infidelidad en los tiempos en los que estaba con ella. Mi sentido de lealtad es firme hacia ella, hacia la familia, hacia mis hijas. Esto es más importante que haber cometido infidelidades.

¿Te quedó algún pendiente con ella?

–Creo que no. No, le dije todo. Había mucha comunicación. Quizá debí haber puesto mucho más énfasis en mis solicitudes de perdón por las infidelidades, aunque ella era una mujer celosa –como todas las mujeres–, como cuando salió Gato Macho, uno de mis libros en el que, supone, relato todas mis relaciones sexuales y ella me preguntaba: “¿Y esto?” No es cierto.  Mira, estoy inaugurando un nuevo género literario que seguramente muchos me copiarán luego, pero en lo que se escribe aquí hay mucho que sólo es parte de mi imaginación.

¿Te creyó?

–Pues no sé, pero se quedó callada. El dolor inicial tiene una parte de culpa. Los humanos siempre tenemos culpa por algo y sobre todo yo, que siempre he sido muy “culposo”, siempre he creído que puedo ser mejor en algunas cosas y que no lo soy, o que mis palabras y hasta mi trabajo pueden irritar a algunos. La ausencia de Bertha es algo que me llena de angustia. Reciente su fallecimiento, me ponía a platicar con ella y le pedía que se hiciera presente por lo menos durante el sueño. Que se apareciera durante el sueño, pero nunca me hizo caso. He soñado unas tres veces con ella solamente. Yo no la puedo olvidar, constantemente le hago homenajes, la recuerdo.

José Luis Cuevas sostiene ahora una nueva relación amorosa con quien se unió en matrimonio a través de colorido rito huichol. El hombre que dibujó las soledades, los temores y las angustias más horrendos del género humano, cuenta ya con siete décadas de vida. Relata en Gato Macho: “Me aproximo a la vejez con pasos agigantados, pero me siguen encantando las mujeres… y si son casadas… tanto mejor.”

            Tal vez sepa, tal vez no. Más allá de su opinión, el “Gato Macho” ya no se pertenece a él, ni al espacio, ni al tiempo. José Luis Cuevas pisa el terreno de la eternidad sin límites. Ya es de todos. Ya es nuestro. Cuevas, el “Gato Macho”, “L´enfant terrible”. El niño terrible parido por la Generación de la Ruptura en México.

 

Nota: Se actualizaron algunos datos de la publicación original