Por Daniel Medina Flores

—A ver, ¿qué pasó?— dijo John Davison R. mientras dejaba el periódico en la pequeña mesa.

—Pues agarraron a gente de Guevara, jefe. Pero se les alcanzó a pelar el coronel Montoya y otros más. Entre ellos al hijo de Moisés. Estaba herido, le sacaron la sopa y luego lo mataron.

—Mejor—respondió el hombre rico.— menos rijosos con los cuales batallar. ¿Eso es todo?

—Pues hay que ir con Moisés, señor. Igual ahora ya se deja de juegos y con la muerte de su hijo termina por convencerse de que es mejor dar las tierras.

—¡Ah que la chingada con estos indios! Uno no puede darles la mano para progresar porque se enojan y se hacen los dignos, disque defendiendo sus derechos. Pero tienes razón De la Madrid, vamos con él, a ver si ya de una vez por todas entiende.

La humedad del día era insoportable. Mientras caminaba John Davison R. agitaba su abanico, intentando disminuir el calor que sentía. El traje negro era una completa carga más que un lujo. Su cuello estaba quemado y el sudor lo incomodaba.

—Maldito calor—, decía para sí a cada paso deseando que la bochornosa temperatura disminuyera.

Vio al mayor De la Madrid con su uniforme plagado de condecoraciones y galones militares, pensó en todos los reconocimientos que había obtenido desde que trabajaba para él y su compañía. Antes de su llegada ese hombre era un simple sargento de medio pelo con un apellido cuyos mejores días y reconocimientos habían quedado lejos; apenas y sabía lo que quería de la vida. Ahora lo veía como todo un general que hizo los trabajos necesarios para expandir el mercado y la influencia de su compañía en el país.

—Siempre se necesita un pendejo que haga el trabajo sucio— pensó mientras contenía con todas sus fuerzas la carcajada.

Entraron a un pequeño cuarto de dos por dos sin iluminación. En una esquina, apoyado contra la pared estaba Moisés. Su cabello era largo y grasoso, la barba claramente descuidada y desprendía un olor fétido que impregnaba el lugar. John Davison R. sacó un paño perfumado y lo colocó sobre su nariz para librarse del olor.

— ¿Cómo estás, Moisés?— le preguntó con una voz de lo más amistosa— ¿te están tratando bien?

No hubo respuesta ni movimiento alguno de parte del hombre sentado en la esquina.

— ¡El jefe te hizo una pregunta!— dijo De la Madrid al momento que golpeaba con la cacha de la pistola la boca del hombre. La sangre comenzó a manar.

—Tranquilo general—habló John Davison R. —no es necesaria la violencia. Supongo que ya sabes la noticia Moisés y si no, pues ahora mismo te la digo, faltaba menos: a tu hijo lo agarró gente de La Patrona y lo mataron. Te ofrezco mi pésame por la muerte. Pero vengo aquí para hablar de hombre a hombre, ya viste lo que pasa cuando no se es razonable. Tu hijo murió, pero tienes oportunidad de redimir todo. Vamos hablando de tus tierras, hagamos negocios. No me veas como el malo, yo quiero ayudarte te quiero dar trabajo.

—Mire eso es lo que dice usted— respondió Moisés— pero la realidad es otra. Las tierras son mías y de mi familia, es nuestro sustento. Usted dice que se las venda y luego me dará trabajo en las tierras que antes eran mías, ¿Pa’ qué quiero hacer eso si ya son mías y de ahí saco pa’ vivir? No necesito su oferta, tampoco necesito venderle lo que es mío. Mis tierras no están en venta. Usted dice lo mismo que habla La Patrona en otros lados.

—Pero yo no soy La Patrona—dijo John Davison R. riendo — yo no los voy a tratar mal, yo les doy un trabajo bien pagado, ¿O acaso no quieres progreso en este lugar Moisés?

Moisés miró al hombre de traje por unos momentos y luego soltó una risa que incomodó a los otros. De la Madrid quiso golpearlo nuevamente pero se lo impidió el jefe con un movimiento.

—Te ofrezco lo siguiente Moisés: te pago el triple del precio de las tierras y te nombro mi representante ante tus compañeros. Háblales de que todo puede ser por las buenas. Podemos ser amigos: ustedes trabajarán y yo me encargaré de tratarlos bien, con respeto, con dignidad. ¡Es más! Te prometo darte a los que mataron a tu hijo, yo los agarro y te los traigo, no importa que sea gente de La Patrona. Tú hazle justicia a tu hijo.

— ¿Me ofrece eso?— Moisés volvió a reír.

—Piénsalo. Te dejo un rato y regreso para que me digas que decidiste.

Salieron del cuarto. John Davison R. tenía una expresión de asco por el olor de la habitación. De la Madrid limpió la sangre de la pistola y la metió en la funda.

— ¿Usted qué cree que responda jefe?

—Por su bien, espero que acepte. Porque si el oro no lo compra, entonces vamos a tener que negociar con plomo.

—No entienden— dijo el general—usted les trae oportunidades y estos prefieren morir de hambre en sus tierras en lugar de aceptarlo.

— ¡No seas pendejo De la Madrid! Hablas como los inútiles que ponemos en el congreso— respondió John Davison R. entre carcajadas— el progreso no es para ellos. La tierra va a ser mía, lo que se produzca para mí y la ganancia para mí. Tú y esos cabrones diputados tendrán su buena paga pero la ganancia de verdad es para la empresa. Los trenes, los puertos, las carreteras son para agilizar mi negocio no para que éstos lo aprovechen. Por la buena a esos indios les doy migajas, si no quieren, pues por la mala les regalamos plomo.

— Nombre, con usted se aprende mucho jefe.

Regresaron al cuarto. Moisés seguía en el mismo lugar apoyado en la esquina, parecía como si no se hubiera movido en todo el rato. John Davison R. se puso de nuevo el paño en la nariz para alejar la peste.

— ¿Tenemos un trato?

—Serán suyas—respondió Moisés y una sonrisa se dibujó en el rostro del jefe al momento de retirarse el paño y extender la mano al hombre. Moisés no se movió—el día que usted mismo vaya y con el arado haga los surcos en la tierra, cuando se quede de sol a sol trabajando sin importar el dolor de espalda. De lo contrario olvídelo, las tierras no están en venta.

John Davison R. perdió la compostura, sus dientes rechinaban y la vena en su frente parecía estallar. Volteó con De la Madrid y le ordenó levantar a Jacobo.

— ¡Llévatelo! Ya sabes qué hacer. Estos cabrones quieren tierra pues, como La Patrona lo hizo. ¡Les voy a dar tierra!

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De la Madrid pidió otra copa. Había perdido la cuenta de las que llevaba, aún necesitaba seguir bebiendo. Limpió la pistola y la dejó sobre la mesa. Uno de sus hombres se quejaba de dolor en la espalda por cargar el cuerpo durante varios metros para tirarlo después y arrojar tierra. Afuera se escuchó el sonido de una guitarra, la estaban afinado. De la Madrid sabía que se trataba de los campesinos que habían terminado el día laboral. Se puso atento y escuchó lo que platicaban:

—Ésa no —dijeron entre sí.

— ¿Y por qué no?— respondió alguien— me la enseñó Mercedes, ¿si la conoces? La que canta en el café del otro pueblo.

— ¿Mercedes? ¡Ah, la Sosa!— le respondieron— pero mejor no la cantes, por favor, si te escuchan diciendo cosas que se cantan en Balderrama te va ir mal.

—No pasa nada.

—No la cantes.

Las cuerdas de la guitarra emitieron un sonido armonioso, De la Madrid se sintió intranquilo con aquello. Luego los primeros acordes comenzaron a sonar y la voz acompañó las melodías.

En la plaza de mi pueblo, dijo el jornalero al amo; nuestros hijos nacerán, con el puño levantado.

No supo bien porque pero sintió un estremecimiento extraño que le recorrió todo el cuerpo. Miró la pistola que Jhon Davidson R. le dio pero ni tenerla entre sus manos le generaba confianza. Siguió escuchando la canción y sólo pensó en abandonar ese lugar. Se puso de pie y su cuerpo tambaleó por el alcohol, dio unos cuantos pasos y fue al suelo. Al incorporase volteó a todos lados para verificar que nadie riera. Se dirigió a la puerta pero el temblor de su cuerpo no paró mientras la canción seguía sonando. Dudó por mucho tiempo si seguir andando. Su mirada se encontró con la del cantinero, con un movimiento de la cabeza éste señaló la puerta trasera y De la Madrid se encaminó para salir por ese lugar. Quería alejarse. Quería dejar de temblar. Quería olvidar la canción.