Por Fernando Castillo Pacheco

 

El emperador Napoleón Bonaparte decía que “los reyes son como los maridos engañados; siempre son los últimos en saber el mal papel que les hacen desempeñar sus ministros”.
Sin duda las palabras del gran general francés están llenas de razón, pues sin hacer menos los errores propios del Presidente Peña Nieto -que por cierto son bastantes- no podemos minimizar que muchos de los grandes yerros cometidos por esta administración son atribuibles al mal funcionamiento del gabinete presidencial.
Semana a semana van saliendo los secretarios de Estado tratando de explicar el actuar sin rumbo de un gobierno que carece de un verdadero proyecto y donde cada una de las grandes ideas termina siendo exhibida como un verdadero disparate.
La absurda defensa de lo indefendible, unida al anuncio fantástico, increíble y poco viable, hacen que se vea al gobierno -y en particular al presidente- cuando no como un inepto, sí como un embustero.
Mientras el gabinete económico presume como un logro la homologación de los salarios mínimos, la realidad es que México es el país con la más baja calidad de los salarios.
Según un estudio de la OCDE, la calificación de la calidad salarial del país, en un rango que va de cero a uno, donde cero es la peor y uno la mejor, México obtiene 0.01 puntos, muy lejos de la media de la organización que es de 0.56 puntos.
Medido en dólares, el salario mínimo mensual apenas ronda los 138 , mientras que en esos países que nos dicen que están peor, como Brasil y Argentina, alcanza los 252 y 535 dólares, respectivamente.
Cuando el Presidente de la República anuncia con bombo y platillo la creación de Zonas Económicas Especiales, que dice serán el detonador del crecimiento en zonas muy pobres del país, en la implementación de las mismas se va enredando.
Un análisis del Centro de Investigación Económica y Presupuestaria detalla los errores en que se va incurriendo. Por ejemplo, en la iniciativa que crea las Zonas Económicas Especiales, se establece que estas deberán tener una población de 50,000 a 500,000 habitantes, mientras que Puerto Chiapas, anunciada por Peña Nieto como una de éstas, apenas llega a los 9,557 pobladores.
Por otro lado, quienes determinaron las primeras zonas a crear lo hicieron atendiendo a otros criterios, distintos a la elevada pobreza a que se refirió el ejecutivo, pues Lázaro Cárdenas, Coatzacoalcos, y Salina Cruz tienen un ingreso per cápita de 4,277, 5,046 y 6,137 pesos, respectivamente, muy por arriba de la media nacional de 3,459 pesos.
Como lo precisa el estudio, dado que la pobreza está en zonas aledañas, se puede dar una migración y crecimiento demográfico desordenado, que cree más problemas de los que se pretende resolver.
En otro sentido, mientras el presidente habla de las finanzas sanas, el paquete tributario presentado incluyó más deuda a contratar, absurdamente considerada como un ingreso fiscal y que eleva la deuda pública a más de 8 billones de pesos, cuando al comenzar el sexenio era del orden de los 5.9 billones. Una deuda elevadísima cuyo manejo es oscuro y que al parecer, sólo ha servido para solventar el gasto de una obesa burocracia, además de proveer recursos a un elevado número de programas sociales ineficaces, que lejos de atacar la pobreza o cerrar la brecha de la desigualdad, sólo reparten y derrochan dinero, con más fines electorales, que sociales.
Mientras los funcionarios refieren que el nivel de deuda es manejable y la comparan con el de otras naciones, parece que se niegan a ver que la diferencia está en el destino que se le dió a los empréstitos, pues en esas naciones ayudaron a hacer más dinámicas y diversificada su economía, además de que la fortaleza institucional que existe en esos países puede obligar a sus gobiernos a una estricta disciplina fiscal, sin mayores reclamos sociales.
La enorme deuda genera ya otro problema y es la elevada proporción del presupuesto que se destina para su servicio. El costo financiero de la deuda mexicana representará, en 2016, 400,000 millones de pesos.
En el caso, es importante mencionar que, aún y cuando en su momento se presumió la alta nota crediticia del país otorgada por las calificadoras, ésta está en riesgo de verse disminuida por el bajo flujo de efectivo proveniente de PEMEX; aún cuando se pregona la disminución de la dependencia de los ingresos petroleros en el presupuesto, estos se han sustituido con deuda y la operación de la petrolera estatal influye en la calificación de la deuda soberana del país, donde una nota más baja, si bien no pone en riesgo la obtención de financiamiento, sí hace más caro éste.
En sí, a pesar de lo que ha presumido y prometido el presidente, su equipo ha diseñado políticas fiscales que carecen de un objetivo claro; si hace dos años se impulsó una reforma que sólo fue recaudatoria, la miscelánea fiscal de este año es netamente persecutoria y con el mismo objetivo, recaudar más dinero, aunque éste no tenga un adecuado ni transparente ejercicio.
Sólo en el rubro de “Aprovechamientos” el dictamen de la Ley de Ingresos aprobado por los diputados tiene un apartado denominado “otros” con una recaudación estimada de 9,003 millones de pesos, mismos que no se sabe ni de dónde saldrán ni en qué se utilizarán.
La decisión de gravar con un impuesto fijo a las gasolinas, que sustituye al que variaba según el precio, protege los ingresos del gobierno en caso de una caída mayor en los precios de los combustibles, pero evita dejar en manos de los ciudadanos un dinero que podrían gastar en otros productos o servicios, que impulsaría la maltrecha economía y coadyuvaría a una mejora en el empleo.
La realidad medida en números es muy distinta a la del demagógico discurso. El peligro surge cuando el funcionario, buscando defender al gobierno al que sirve, pretende desconocer las cifras que exhiben su actuación en la más justa dimensión.
Hace unos días, el jefe del SAT afirmó que el INEGI calcula mal el PIB, pues según el órgano recaudador, el crecimiento económico no empata con los indicadores de recaudación, consumo y empleo. El pretender cambiar la metodología para que los números digan lo que el gobierno quiere, es una receta tan riesgosa como estúpida. ¿A dónde nos llevará matar al mensajero y manipular las cifras?
Los números no corresponden a lo que el gobierno presume. La inflación general continúa marcando mínimos históricos, pero el análisis detallado refleja que ya repercute la depreciación del peso en el costo de mercancías, sobre todo las no alimenticias. Y aunque el impacto no ha sido de grandes proporciones, la devaluación de nuestra moneda, que de octubre 2014 a octubre 2015 ha sido de un 23.5% tendrá una notoria influencia en el índice del final del año, temporada en la que tradicionalmente el costo de estos productos se incrementa.
Mientras el presidente no vea la realidad más allá de los ojos de sus funcionarios, no entenderá que el crecimiento necesita un cambio de rumbo, pues el México de hoy, mientras más se mueve, más se hunde.
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