• La inversión extranjera no llegará si se sigue viendo a un país sometido por la inseguridad.

Por Fernando Castillo

Decía el escritor Albert Camus, que el mal que hay en el mundo generalmente nace de la ignorancia, y la buena voluntad sin conocimiento puede producir tantos desastres como la maldad.

Tiene ya varios días que se habla de la unidad nacional y el respaldo que todos debemos darle –o pretenden que le demos- al presidente Peña Nieto, ante las agresiones y balandronadas de Donald Trump. La intención es romántica y el llamado es loable, pero como estrategia está vacía y es muy confusa. Realmente, ¿para qué nos queremos unir?

Miopes, como en muchas otras ocasiones, estamos cayendo en el error de considerar que el mayor problema para México, en la actualidad, son las políticas que comienza a implementar el presidente norteamericano, sin notar que éste sólo hace lo que ya había advertido y agudiza una serie de problemas nacionales que vienen de tiempo atrás, haciendo evidente una enorme incapacidad para actuar.

Dos cosas son las principales preocupaciones del momento: El TLC, como instrumento fundamental del comercio y la inversión, así como la migración y las políticas de Trump al respecto, entiéndase las deportaciones, el frenado de visas y la construcción de un muro fronterizo.

Al respecto, conviene ser puntual en lo siguiente:

México es un país exportador. Nuestro comercio con el exterior equivale al 63% del PIB y 77% de nuestras exportaciones van a los Estados Unidos. En pesos, de cada 100 que integran el Producto Interno Bruto, 48.5 se generan al venderle a nuestro vecino del norte. Es claro que tenemos razones suficientes para que nos preocupe la posibilidad de que se termine el TLC. Sin embargo, también hay que considerar que, según datos publicados por Jorge Meléndez, las exportaciones mexicanas tienen 40% de contenido estadounidense en promedio, que poco más de seis millones de empleos en Estados Unidos dependen del comercio entre los dos países y que México es el primero o segundo destino de las exportaciones de 29 de los 50 estados de la unión americana, por lo que también debe haber entre los gringos interés porque el comercio binacional siga fluyendo. El TLC tendrá defensores de ambos lados de la frontera, porque las consecuencias de su terminación serían también para los norteamericanos. Si por alguna razón esta terminación del tratado se diera, aplicarían reglas de la Organización Mundial de Comercio, que fijan aranceles que en su mayoría son de entre 1 y 2 por ciento. Realmente hay que dejar de ver el fin del TLC como el comienzo del apocalipsis y ser un poco más pragmáticos. Supina estupidez es el abrir un periodo de noventa días de consultas, cuando quien quiere renegociar es Estados Unidos y ni siquiera ha dicho qué es lo que quieren que se renegocie.

En el tema de la inversión el asunto es un poco más delicado, pues el TLC representa un marco normativo particular que genera en el inversionista la confianza que poco brinda nuestro país, con las evidencias de un Estado de Derecho ausente, un sistema jurídico confuso y un sistema judicial corrompible.

Es necesario eliminar muchos vicios internos para generar un mejor nivel de confianza y, con ello, atraer la inversión y favorecer la creación de empleos favoreciendo la captación y la profesionalización de nuestros trabajadores. El TLC ha sido muy benéfico, pero no debemos dejar pasar un dato fundamental: Nuestro principal atractivo es una mano de obra barata. Mientras el salario promedio en la industria automotriz en los Estados Unidos es de 23.8 dólares diarios, en México es de 3.3 dólares.

En cuanto a migración, las medidas propuestas por Donald Trump son jurídicamente debatibles, presupuestalmente complicadas, pero no del todo irrealizables.

El mentado muro es un símbolo, cuya construcción compete por entero a los Estados Unidos, por el que por supuesto no tendríamos por qué pagar. No tiene como objetivo frenar la migración, sino que es una agresión, con efectiva fuerza mediática y psicológica, que prepara el camino para una dura renegociación del acuerdo comercial, debilitando la posición del gobierno mexicano.

La modificación que se ha hecho a las políticas de ingreso de extranjeros a la unión americana y de identificación, detención y deportación de inmigrantes indocumentados o que realicen actividades no autorizadas, suponen un reto mayúsculo para México y la respuesta es absurda, por decir lo menos.

El gobierno del presidente Peña ha anunciado que los mil millones de pesos que devolvió el INE a la tesorería de la Federación, serán destinados a la defensa de los indocumentados mexicanos en el vecino país. Si consideramos que la población mexicana en estas condiciones es de 5 millones de personas, tenemos que el presupuesto promedio para su defensa es de 200 pesos para cada uno. Y esta defensa tiene pocas posibilidades de éxito, pues salvo esos casos en que por sus propias circunstancias apliquen para conseguir la ciudadanía, es difícil que triunfe una defensa de quien ha ingresado o ha permanecido, violando las leyes del vecino del norte. Saturar su sistema judicial, como lo prometió Graco Ramírez, es una estrategia burda a la que se puede responder con expulsiones sin juicio previo, aduciendo riesgos de seguridad nacional.

Creo que en la vida hay que ver las oportunidades que generan los acontecimientos que parecen más riesgosos. Si las personas han emigrado por falta de oportunidades, hay que generarlas. Es necesario cambiar la óptica.

Puzzle Financial es una empresa que está generando proyectos para que la inversión nacional crezca, a partir del patrimonio que nuestros migrantes han construido en los Estados Unidos. Con este, generan empleos, participan en la economía formal e impulsan el crecimiento económico, al tiempo que protegen su patrimonio de medidas que pudieran decomisarlo o gravarlo en los Estados Unidos y aseguran una fuente de ingresos que les permitan subsistir a su regreso, en lo que se reintegran al mercado laboral. Es una fuente de inversión y de divisas que el gobierno no ha explorado y que necesita respaldar para preparar el terreno ante un retorno masivo de migrantes –que es cada vez más probable- y que amenaza con generar un grave problema social.

Programas como “3×1” y “Mi casa es México”, son bien intencionados, pero ahora se requiere generar oportunidades, pues la principal preocupación de nuestros paisanos no es un parque público o una casita más grande, sino de qué van a vivir y qué van a comer a su regreso.

Por esto he comenzado diciendo que estamos viendo el problema más grande de lo que es y no atendemos a otros problemas que es urgente solucionar.

Urge fortalecer el Estado de derecho en México, con reformas integrales que reordenen el sistema jurídico y reinstauren el imperio de la ley. Hay que darle seguridad –física y jurídica- a las personas. Esto implica que dejemos de hacer de la ley objeto de negociación y vigilar que la autoridad cumpla, con firmeza y profesionalismo, sus funciones. No es posible el nivel de corrupción existente, ni las constantes violaciones a los derechos humanos. Hay que establecer sistemas eficaces de control del servicio público y profesionalizar el servicio civil.

Las policías deben ser ejemplo de honestidad y eficacia, sin atender a criterios económicos o políticos en su función. No es posible que a los capos de la droga se les detenga sin un solo disparo, pero que no se pueda desalojar un bloqueo sin que haya sangre, que a los líderes de movimientos sociales –autodefensas, maestros, sindicatos- siempre se encuentre con qué procesarlos pero los gobernadores que saquearon sus estados, encuentran la forma de ampararse o darse a la fuga.

Sin seguridades, la inversión no va a llegar y el desarrollo social seguirá siendo una utopía.

Pero también hay que cambiar la política fiscal y el ritmo de gasto del gobierno. Hay que atender a la sugerencia internacional de crear un consejo fiscal autónomo, pues los recursos públicos no han logrado su meta fundamental: Atender las necesidades y procurar el bien común.

No puede ser posible que trimestre a trimestre, el gobierno anuncie una recaudación que supera su meta, que nos digan que de no haberse incrementado el precio de las gasolinas, se hubieran recortado programas sociales por 200 mil millones de pesos, pero que en 2016, a pesar de un recorte presupuestal de más de 160 mil millones se terminaron gastando 579 mil 884 millones de pesos más de lo originalmente presupuestado, con sobre ejercicios, en la Presidencia de la República, la SFP y la SHCP, por señalar tres ejemplos, de 84.8, 71.3 y 66.4 por ciento respectivamente.

Hay que replantear la política fiscal bajo las premisas de que todos debemos de contribuir, (logrando con ello la reducción de las tasas impositivas) y de que el gasto debe ser correctamente ejercido.

En su libro “Las islas del tesoro”, Nicholas Shaxson habla de las cuatro R’s del sistema impositivo y dice que: “El sistema impositivo no se limita a la recaudación, que es apenas la primera R de los impuestos. La segunda R es la redistribución, notable arma contra la desigualdad. Esto es lo que demandan las sociedades democráticas y, tal como lo atestigua el libro “The spirit level”, sobre la base de una meticulosa investigación, no son los niveles absolutos de riqueza y de pobreza sino la desigualdad, lo que determina el desempeño de una sociedad en cada uno de los indicadores de bienestar, desde la esperanza de vida hasta la obesidad, la delincuencia, la depresión o el embarazo adolecente. La tercera R es la representación: para cobrar impuestos los gobernantes deben negociar con los ciudadanos, retribuyéndolos con rendición de cuentas y una representación genuina. La cuarta R es la revisión de precios: cambiar los precios para lograr objetivos, como el desaliento al tabaquismo.”

Es necesario el promover verdaderas reformas, en lugar de dar un respaldo a ciegas a una clase política que lo ve como cheque en blanco.

Hay que vencer la miopía de pensar que Donald Trump es nuestro gran problema, porque el problema está en lo que como país no hemos hecho. Hay que darnos cuenta que las reformas de principio de sexenio no están atrayendo la inversión que se esperaba, porque contrario a lo que sostienen el gobierno y el presidente, no son una maravilla ni lo único que necesitaba el país. En el contexto internacional actual, con TLC o sin él, no basta con tener un mercado abierto para atraer la inversión, pues ésta no va a llegar a una nación inmersa en la inseguridad, la violencia y donde el imperio de la ley no existe.

La solución depende de acciones puntuales e inmediatas, el daño de agentes externos persistirá mientras no nos decidamos a tomarlas.

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