Por Chris Dillow*

¿Qué tiene de bueno el crecimiento económico? Esta ha sido una pregunta complicada desde que Richard Easterlin señaló (de manera cuestionable) que no existe una conexión entre el crecimiento del PIB y el bienestar subjetivo. En The infinite desire for growth, Daniel Cohen propone una respuesta a esta pregunta. El crecimiento económico ayuda a legitimar las sociedades:

El crecimiento es más importante que la riqueza para el funcionamiento de nuestras sociedades; el crecimiento nos da la esperanza, efímera pero siempre renovada, de elevarnos por encima de nuestra condición social y psicológica. Es la promesa la que calma las preocupaciones, no su cumplimiento.

Esto recuerda a Adam Smith:

El Estado progresista es en realidad el Estado feliz y saludable para todos los diferentes sectores de la sociedad. El Estado estacionario es apático y el que está en decadencia es melancólico.

Cohen coloca esta idea en un contexto más amplio. La Ilustración, dice, sustituyó la esperanza cristiana de redención en el más allá por la esperanza del progreso en este mundo.

Es coherente -y complementario- con la observación de Ben Friedman de que un crecimiento económico más lento produce intolerancia y racismo: cuando a la gente le falta esperanza, se vuelve más desagradable. Este es quizá el hecho más importante sobre la política occidental de hoy en día.

Y aquí, por supuesto, está el problema. Estamos, dice Cohen, “experimentando una revolución industrial sin crecimiento.” Mientras que las anteriores revoluciones industriales provocaron que los trabajadores dejaran la agricultura para trabajar en fábricas intensivas en capital donde eran más productivos, la revolución de hoy está echando a esos trabajadores y los está llevando a trabajos menos productivos; este es un efecto natural de la paradoja de Moravec. Sí, los gigantes tecnológicos como Apple o Facebook son muy productivos. Pero son una parte muy pequeña de la economía. Como dice Cohen, “si la productividad individual de un trabajador no aumenta, el crecimiento es necesariamente débil”.

Mientras el crecimiento da esperanzas a todos, su ausencia, dice Cohen, nos lleva a un aumento de la gestión del estrés; a una situación en la que hay beneficios para unos pocos y el despido para los demás. Hay más palo y menos zanahoria. De nuevo, Cohen proporciona un contexto más profundo. Mientras que la Ilustración ofrecía libertad y autonomía para todos, estos valores les son negados a individuos en lugares de trabajo capitalistas.

Todo esto plantea preguntas profundas. ¿Puede volver un crecimiento decente? Cohen es pesimista (aunque personalmente me hubiera gustado que analizara los defectos del capitalismo neoliberal más que las limitaciones digitales y ecológicas). Si no puede, dice, necesitamos diferentes tipos de progreso. Como escribió John Stuart Mill, un Estado estacionario respecto a los salarios no “implica un estado estacionario de desarrollo humano. Habría el mismo lugar que siempre para todo tipo de cultura mental, moral y progreso social”.

Aquí es donde Cohen me defrauda. Ofrece varias sugerencias sobre lo que ese progreso debería ser, y cómo quizá reavivaríamos la esperanza legitimadora que las sociedades necesitan. Como Roger Betancourt, creo que el final del libro es decepcionante.

Esto, sin embargo, es solo una crítica menor. En un libro breve, Cohen ha introducido innumerables reflexiones provocadoras sobre la relación entre crecimiento, cambio tecnológico y sociedad. Sospecho que muchos lectores compartirán mi humildad sobre todo lo que ha leído y yo aún no.

Y Cohen al menos plantea preguntas que una buena parte de la clase política occidental no está ni siquiera considerando. Las sociedades, dice, “están demostrando una capacidad sorprendentemente débil para proyectarse a sí mismas en el futuro.” En un país cuyos gobernantes están debatiendo cómo proyectarnos en el pasado, el libro de Cohen es un necesario soplo de aire fresco.

*Chris Dillow es economista y escribe en el blog Stumbling and Mumbling (http://stumblingandmumbling.typepad.com).