Simitrio Quezada

Me casé en Juárez la mañana en que cumplí veinticinco años. Marie Ruiz sigue en El Paso, al lado de su novio Nick y mis dos hijos: Pedrito y Araím. En sus llamadas más recientes, Nick y Marie me preguntan si ya conseguí novia: “¿Qué esperas, hombre?”.

Me casé el martes 14 de marzo de 2000. No hubo fiesta: los seiscientos dólares que nos regalaron los papás de Marie acabaron en una luna de miel de fin de semana en Santa Fe y Taos, Nuevo México. De ese par de días conservo un libro rosa con los sonetos de Neruda a Matilde, que mi esposa me regaló. Tampoco hubo fotos ni recuerdos, y la mitad de nuestro tiempo transcurrió en la recámara del hotel.

En esas dos tardes Marie pedía que cantara al bebé que ella llevaba en su vientre. “Con tres meses, ni ha de escucharme”, “Tú cántale”, me animaba y yo seguía besando su ombligo. “Será una niña muy linda”, “Niño, Marie: Dios traerá primero un niño”, “Don’t believe you, honey“.

Pospusimos la luna de miel para el viernes 17 porque no queríamos perder clases. Además Marie trabajaría el turno de la tarde en su expendio de malteadas y yo esperaba algún telefonema con Alicia, la señora que me rentaba el cuartito aledaño a su casa. Pero la inconformidad de mis papás ante la boda que les anuncié la semana anterior les impidió felicitarme por mi cumpleaños. Junto con ellos, nadie más de Jalpa llamó para decir “hola”.

Mi hijo nació el 8 de octubre de 2000. “It´s a boy“, anunció la enfermera pelirroja y preguntó qué nombre tenía pensado: “Juan Pedro”, “Oh, it’s a kind of John Peter, isn’t?” Amamantando al bebé, Marie me miraba reprochando que yo eligiera el nombre y no ella.

Marie vivió conmigo un poco más de un año y siete meses. Los domingos salíamos del cuartito en la calle Stanton para ir a casa de sus padres. Mis cuñados me retaban a jugar luchas en el Super Nintendo y ella ayudaba a su madre a preparar mole. Extraño los banquetes con mi suegra. Mi suegro llegaba quitándose la cachucha con el escudo de UTEP y veíamos en la tele el juego de americano.

En UTEP conocí a Marie Ruiz, estudiante de Ciencias Políticas. Esa vez se la gané a Moore, quien llevaba toda la tarde fastidiándola. Coincidimos en la conferencia de Jerome Wells, rector de la Universidad de Virginia: yo fungía como auxiliar de organización de eventos, Nick era presidente de la sociedad de alumnos y Marie se presentó como una estudiante interesada en intercambios estudiantiles.

Terminado el evento fuimos al bar Capone. Quedé bailando con Marie mientras Nick dialogaba con Wells. Porque yo no soltaba a mi pareja, Moore se retiró decepcionado. Con Marie terminé tomando vino chileno y hablando de literatura, mientras Vicente Fernández cantaba en la rocola “Yo quiero ser”.

Dejamos a Wells en el hotel Travelodge. Entró al ascensor con Liz, mi profesora de Narrativa Latinoamericana, a quien el hombre no dejaba de besar. Con tal ejemplo y la confianza deslizada por el vino, Marie tomó mis manos y comenzó a besarme. Cansado de todo, triste por la ruptura con mi última ex novia, seguí esos movimientos. Pasaba de las siete cuando me despertó un dolorcito en la espalda: estaba en un mirador frente al paisaje de El Paso, con Marie desnuda sobre mí, en el asiento trasero de su Buick.

A partir de entonces, cada mañana llegaba ese coche a la calle Stanton. Con el piyama puesto, yo abría la puerta del 4050 y ella me besaba. “Di que estabas soñándome, sleepy“. Mientras yo entraba al baño, ella tomaba asiento en mi cama para revisar los nuevos poemas que de mi mente metía a la Pentium III. Un jueves no fuimos a clases porque cuando me duchaba recorrió la cortina y estuvimos amándonos hasta pasado el mediodía.

Nuestra pasión era tanta que llegamos a hacerlo sin cuidarnos. Por eso llegó Juan Pedrito. No me arrepiento: quien vea su foto en mi billetera reconocerá las facciones de Marie bajo el alborotado cabello de los Quezada. Por algo se convirtió en el favorito de mi suegra. Con orgullo sostengo que por Pedrito me casé con Marie. Ella me recalcó que no era necesario: “I can handle it alone“. “Te repito que te quiero y soy hombre de principios”.

Eligió Ciudad Juárez por mi esencia mexicana. Además su mamá había nacido en Delicias; su papá, en Uruapan. Como testigos invité a mi leal Ángel Moreno, conserje del segundo piso de Lingüística en UTEP, y a Haydeé Espino, con quien compartí un accidente automovilístico cerca del puente internacional. Por su parte, Marie eligió a mi ex jefe Óscar y a Fabiana Díaz de León, estimada narradora. Los cuatro, en fin, eran más amigos míos que de ella. Pero mi novia me admiraba por ser “todo un caballero”, y así quiso darme gusto.

La tarde del 13 de marzo, Nick la buscó. “Simitrio is a weird mexican. You’ll regret of marrying him“. Marie marcó a mi arrendadora y le dijo que Nick quería hablar conmigo. Moore dio marcha atrás, aceptando su derrota, y le deseó lo mejor.

No me arrepiento de haberme casado con Marie. Su principal atractivo radica en su deseo de aprender y salir adelante. Aquella noche en el Capone habíamos hablado de los amores de escritores: Miller y June, Sartre y Beauvoir, Neruda y Matilde, Juan Rulfo y Clara, Gabo y Mercedes, José Emilio y Cristina.

Me ayudó a leer otros autores. Más que su desnudez, me mostró el camino a tendencias literarias: Hamsun, Strindberg, Bukowski, Burroughs y Kerouac me deslumbraron a su lado. También me llevó a juegos de futbol americano, con toda su familia. Me enseñó a paladear vinos mejores y a comprender más la cultura gringa. Los mejores momentos llegaron cuando en nuestra intimidad cantábamos quedo con la guitarra.

Aquel noviembre en que nos separamos, Araím venía en camino. Las cosas no habían ido bien las últimas semanas. Marie se irritaba fácilmente y ya no quería que nos vieran juntos. Después de acostar a Pedrito reveló todo: Nick había sido su novio por casi cinco años. Él fue el primero que la besó; con él supo cómo entregar alma y cuerpo. Entendí por qué nunca le gustó la canción “La primera caricia”. Ahora Nick llevaba mes y medio saliendo con una de sus eternas pretendientas, y eso terminó de soltar los celos de Marie. Me confesó que aquella semana se habían visto tres veces. “Eres muy lindo, Simi, y de veras te he querido pero… really, really, i mean it, no sé qué me pasa”.

No estamos divorciados: el trámite me pareció estorboso. Casi un mes después de la separación, cuando terminé la maestría, regresé: mis papás estaban dispuestos a recibirme en Jalpa. Con un embarazo de cinco meses y mi hijo en brazos, Marie misma me llevó a la Central de Juárez: “Elige como esposa a la mujer que más te ame. You deserve happiness“. Su madre me buscó antes para entregarme una vajilla que regalaba a doña Lilia. “Hijo, me da tanta pena…”, “No se preocupe, Aurora: quizá es mejor para su hija y para mí”.

Araím nació una madrugada de Pascua, el 17 de abril de 2002, y también yo elegí su nombre. Por ese tiempo yo daba clases en Aguascalientes: en dos días planeé todo para hacer escala en Chihuahua y traer de la imprenta los primeros ejemplares de mi “Valle de Cardos”. El viernes 19, al salir del cuarto del hospital, Nick y yo regresamos al Capone a echarnos una copa por mi niña y aclarar algunos puntos. Con sus pláticas a cada uno, el papá de Marie tuvo mucho que ver en esta “reconciliación”.

Sé que Nicholas Moore es bueno con ella y mis niños. Hijos de pocha viviendo con gringo, Pedrito y Araím crecen hoy con la cultura anglosajona. Si algún día leen esto, me comprenderán. Su madre necesitaba aquel primer amor: un norteamericano forjado en la cultura de ella; no un romántico provinciano como yo. Pero valió la pena. Durante un tiempo la hice feliz en el diálogo y el silencio, el aprendizaje y la espera, el idilio y el sexo. Quise darle todos mis días, y por eso apreté su mano derecha cuando dentro del Buick cruzábamos el puente en mi cumpleaños veinticinco, cuando con ella me casé en Juárez.