Por Norma Galarza

Mientras redescubro y me deleito con el humor mordaz de Germán Dehesa en Fallaste Corazón, recuerdo al compás de sus ocurrencias – experiencias- parte del sexenio de Carlos Salinas de Gortari. Dicen los que saben -porque yo como Sócrates “solo sé que no sé nada”- que la realidad es 10 por ciento contexto y 90 por ciento apreciación. Yo les creo.

En aquellos lejanos tiempos- yo era todavía una niña-de dominio monopólico televisivo y antes del tan lamentado error de diciembre -que marcaría el sexenio gris de Ernesto Zedillo, pero que fue consecuencia de malas decisiones económicas salinistas- los medios hegemónicos lograron sembrar en la gente una percepción de que México entraba por la puerta grande al primer mundo. La percepción esperanzadora que logró implantar uno de los políticos más listos que han pasado por el PRI, fue monumental, a pesar que en la mayoría de los hogares nada cambió en realidad. En el hogar rural que encabezaba mi madre porque mi padre era migrante, las remesas seguían siendo el único ingreso que ubicaba a mi familia -compuesta por 9 escuincles de menos de 15 años- entre la población con un nivel de vida digamos, “aceptable”, de aquellos ayeres. En realidad, nada había cambiado y pronto empeoraría.

Hoy, muchos años después, los que “ya no nos cocemos al primer hervor”, constatamos el temor de los intelectuales de aquellos tiempos. Los mecanismos económicos que implementó México desde el gobierno delamadridista pero que se acentuaron en el salinista, nunca nos llevarían al desarrollo, sino a la más aberrante desigualdad enmarcada en el más vergonzante saqueo de recursos de toda índole. ¿Pero te preguntarás amigo lector a que se debe mi viaje fast track al pasado? Simple. Hace días la organización contra la desigualdad, OXAM, publicó su informe exhibiendo la concentración de la riqueza en 8 personas que se equipara a los recursos con los que sobreviven 3600 de millones de personas que viven en extrema pobreza a nivel mundial.

El asunto no termina aquí, porque en esa lista sigue (a pesar de las pérdidas económicas que tuvo el año pasado) nuestro “querido” y hasta presidenciable –Dios nos libre- Carlos Slim Helú, cuya riqueza es fruto en gran medida de su habilidad para “juntarse” con las personas correctas. El mejor negocio y con el que inició su imperio el ahora magnate, fue el de comprar a precio de “ganga”, Teléfonos de México, empresa – en tiempos de Carlos- propiedad del Estado. Con la ola privatizadora y el Tratado de Libre Comercio con América del Norte (TLCAN), México, entraría de lleno al neoliberalismo, pero un neoliberalismo viciado. Si no miente la historia, Salinas sentó, no solo las bases del libre comercio sino que hizo evidente el surgimiento de una política de cuates y para los cuates.
Es decir la corrupción, el clientelismo, pervirtieron a un sistema que proponía –en la utopía, off course– que el Estado fungiera como espectador, mientras la economía se regía por las fuerzas naturales del mercado. Eso no pasó, el estado empezó a actuar conforme a los intereses de sus allegados, nacionales y extranjeros.

Ya no hay mentira televisiva que nos haga ilusionarnos con un México próspero, solidario y “de primer mundo”. La fantasía en la que nos habían metido de enfermó de realidad. Hoy el ambiente se percibe desesperanzador, hay enojo justificado. A esto hemos llegado. Mientras el dueño de las comunicación, el duopolio mediático, el dueño de Grupo México, entre otros empresarios “privilegiados” han acrecentado sus fortunas, la pobreza sigue con su fuerza rapaz, condenando al hambre a mayor número de mexicanos a quienes las opciones de progreso se limitan a la espera de se cancele la intención de crecer los muros.